domingo, 14 de febrero de 2010

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Crítica de Nacidas para sufrir

Cartel de Nacidas para sufrir
Maniqueísmo farisaico 1 2 3 4 5
Escribe Ángel Vallejo


La última película de Miguel Albaladejo puede considerarse una desasosegante fábula moral sobre el egoísmo. Sustentada sobre el delicado equilibrio de relaciones que un grupo de mujeres mantiene en torno a sus penas cotidianas, se nos muestra con toda crudeza el grado de crueldad y miseria a los que puede llegar a rebajarse el ser humano, sin necesidad de mostrar el más mínimo indicio de violencia física.

Nacidas para sufrirEs por eso que resulta tan desasosegante hasta el punto de producir repugnancia: no en el sentido en el que sea una mala película (que no lo es, toda vez que no puedan dejar de señalarse ciertas faltas), sino en que nos llega a producir cierta asfixia el grado de retorcimiento moral de algunos personajes que parecen querer presentarse a sí mismos como paradigmas de resignación, santidad y nobleza, y las acciones de éstos en la vida de otras personas, contrapunto de bondad y pureza.

Albaladejo parece recurrir inconscientemente a distintas sectas de la antigüedad para caracterizar a sus personajes: por un lado, no deja de presentar fuertes contrastes entre el bien absoluto, encarnado en la inocente y buena hasta la estulticia Purita, interpretada por Adriana Ozores, y el mal radical personificado en su madre (María Alfonsa Rosso), tal y como hacían los discípulos de maní al presentar las dos fuerzas antagónicas que regían el universo. Por el otro, ejemplifica el fariseísmo con una precisión y rigor dignas de encomio en el personaje de la tía Flora (Petra Martínez), bien dibujado y lo suficientemente ambiguo como para provocar ciertas dudas que se disipan con creces a lo largo del metraje: no nos hallamos ante una tierna y sufrida abuelita, sino ante un ser egoísta y abyecto que predica precisamente lo contrario de lo que hace, y que tiene de sí misma una imagen que no se corresponde con la realidad, casi siempre mucho menos benéfica de lo que se presume.

Nos encontramos entonces con una película que sólo en apariencia se pretende comedia; cuando el espectador descubre el juego de cada uno de los personajes, deja, si tiene sensibilidad suficiente (y puedo decir que la mayoría de la sala demostró tenerla) de reír las supuestas ocurrencias o chistes de la película. Nos ha llevado a tal situación el disfrute (es un decir) de ciertas secuencias de intensidad dramática, de un adecuado retrato de la España negra y machista de otro tiempo, que parece inmune a los cambios sociales y a la permeabilidad de la inteligencia, así como la constancia de la imposibilidad de afrontar soluciones por parte de unas personas cuya propia naturaleza consiste en ser, de tan buenas, absolutamente inoperantes, incapaces, tontas en una palabra.

Llegado este punto, uno no puede dejar de pensar que podría haberse hecho una magnífica película de no ser porque fallan ciertos aspectos esenciales. En primer lugar, un guión no demasiado complejo en la trama, pero sí rebosante de texto en ocasiones cargante, que mantiene demasiado pendientes a los actores de su dicción. Menos palabras podrían haberse traducido en mejores argumentos. En segundo lugar, como consecuencia de esto, la ineficacia del trabajo actoral, que si bien no puede catalogarse de malo, sí resulta lastrado por su rigidez ante la profusión de diálogos. Quizá actrices de mayor talla hubieran hecho más natural un texto tan dilatado. La sensación general es de cierta impostura, aunque reitero que no cabe atribuir esta falta a unas actrices que han demostrado su más que suficiente valía.

Nacidas para sufrir
Y por último, paradójicamente la mejor actriz resulta ser Adriana Ozores, una profesional que por lo general parece siempre sobreactuada, tiene aquí su momento de oro. Encarna un personaje entrañable con sensibilidad, con acierto, con casta… aunque resulta curioso que lo borde tratándose precisamente de una chica meliflua, resignada, sencilla, muy alejada de su registro habitual.

Albaladejo, que siempre parece encontrar la ocasión propicia para poblar de “frikis” todas sus películas, cumple a pesar de todo con su función de no hacerse notar demasiado. Quizá peca en ocasiones, como muchos otros directores, de querer explicar demasiadas cosas. Hay momentos en los que quizá se le puede reprochar cierta rigidez formal, pero lo que no puede dejar de reconocerse es que ha compuesto, a pesar de todo, una fábula medianamente estimable en el fondo.



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