viernes, 16 de abril de 2010

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Crítica Ciudad de vida y muerte

Clase de historia china para occidentales 1 2 3 4 5
Escribe Juan Ramón Gabriel

Cartel de Ciudad de vida y muerte


Un desacuerdo entre el fondo y la forma preside este relato de afán didáctico e ilustrativo sobre unos hechos históricos, la masacre de Nankín, respecto a los cuales persisten profundas diferencias entre los países que los protagonizaron: China y Japón.

Temáticamente, hay una exposición, pormenorizada y detallada, de la crueldad desplegada por las tropas japonesas durante el asedio y tras la toma de la antigua capital de China. Dado el aspecto divulgativo del que parte la película, dirigida a un público (y a un mercado) occidental sensible a las flagrantes violaciones de los derechos humanos, aunque sea con efectos retroactivos, durante los cinco primeros minutos de proyección se nos instruye breve y elípticamente sobre el origen de la segunda guerra chino-japonesa, a través del recurso de unos breves comentarios de una voz en off que se dedica a leer las anotaciones realizadas en unas tarjetas postales que se suceden en la pantalla. Así pues, estamos en el verano de 1937, se inician los combates entre ambos países contendientes y llegamos a diciembre de 1937.

Después de este prólogo, la narración empieza abruptamente con el ejército japonés destruyendo las murallas de la ciudad e iniciando su asalto ("Los oficiales habían abandonado la ciudad…", reza el narrador). Abandonada a su suerte la plaza, durante cincuenta largos minutos, con un movimiento de cámara compulsivo, a pie de barricada, como un combatiente más, se nos muestran las escaramuzas entre los soldados chinos resistentes y los invasores nipones.
Hay un regodeo y delectación en las descripciones del fragor de la lucha, en medio de una ciudad devastada, entre medias de los esqueletos de edificios. Algo parecido al desembarco de Salvar al soldado Ryan.

Ciudad de vida y muerte


La segunda parte, de una duración aproximada a la primera, se centra en las atrocidades a la que se ve sometida la población conquistada, en concreto en las vicisitudes por las que atraviesan los habitantes que se han podido refugiar en la "zona protegida", a saber, un reducto que queda bajo el amparo de las legaciones extranjeras, siendo su portavoz el cónsul alemán John Rabe, caracterizado como un afable y piadoso nazi (luce la esvástica en el brazo) preocupado por la suerte de sus refugiados chinos. Tangencialmente aparecen algunos occidentales más: una señora norteamericana y algún médico. Nos encontramos ahora en una especie de inversión de 55 días en Pekín, aunque el referente más preclaro es la representación de un espacio concentracionario, donde los judíos son sustituidos por chinos, los carceleros nazis por japoneses y el susodicho John Rabe se convierte en un émulo de Schlinder, pero sin lista. El guión centra sus esfuerzos pedagógicos en ofrecer y denunciar el episodio de masiva prostitución a la que se vieron forzadas las mujeres prisioneras, "consoladoras" (sic) del ejército del sol naciente. La iniquidad japonesa se adereza con la defenestración (literal) del hijo del señor Tang, el secretario de John Rabe, así como en ofrecer descarnada y naturalmente las múltiples violaciones perpetradas por los soldados, violaciones que responden a una estrategia estructural aplicada por Japón en todos sus territorios conquistados (y los soviéticos en el Berlín ocupado). Las ejecuciones arbitrarias y sumarísimas, las sevicias más recalcitrantes, la ostentación de control absoluto y de decisión sobre la vida de los prisioneros, su albur y contingencia moral, propias de la escenografía asociada a los campos de exterminio nazis, se adueña de la pantalla, en medio de los sollozos y gemidos de las víctimas.

La tercera parte se inicia con la partida del cónsul alemán, evacuado por su gobierno para no interferir con su aliado japonés, y las consecuencias funestas que tendrá para sus más allegados colaboradores chinos. En concreto, el señor Tang se sacrifica, pues previamente se había vendido como colaborador a los japoneses, cediendo su lugar en la comitiva a un soldado camuflado (redención): su consuelo radica en que pueda huir su mujer embarazada, hecho que le restriega por la cara al perverso sargento japonés Kadokawa, momentos antes de que este su verdugo ordene fusilarlo.

A renglón seguido, tiene lugar la celebración oficial de la toma de Nankín por el ejército invasor, lo cual da pie al director a mostrar una especie de espectáculo mitad coreográfico, mitad etnográfico, donde la "pureza" y la ritualidad atávica nipona desfilan por en medio de las ruinas y la destrucción.

Ciudad de vida y muerteFinalmente, hay una especie de epílogo con coda incluida. En un cambio radical de escenario, se abandona la devastada ciudad para ubicarnos extramuros, en medio de un florecido campo primaveral. Allí, un cabo japonés pío, cuyas muestras de clemencia se han desparramado a lo largo de la historia en nítido contraste con su insensible y perverso sargento mencionado, decide liberar a un padre y a un hijo, liberación acompañada de una frase lapidaria: "A veces es más difícil vivir que morir". Obviamente, su magnánimo gesto se acompaña con su propia expiación: se descerraja un tiro en la sien.

La coda: durante la proyección de los títulos de crédito, se nos muestran las fotos de los principales personajes protagonistas, con su fecha de nacimiento y de muerte. Casi todos mueren entre 1937 y 1938, excepto: el cónsul alemán, que muere en 1950; el sargento implacable, en 1972; y el niño al que se le permite escapar. La voz en off nos informa de que "en la actualidad sigue vivo" (¿Sería uno de los participantes en la Revolución Cultural?).

Todo lo anterior, que por sí es un catálogo de atrocidades, formalmente no consigue ni conmover al espectador ni evitar que el tedio se apodere de él. Tamaño material histórico muestra su nimiedad cinematográfica, su fracaso en la representación.

La sensación de apabullamiento y de gigantismo escenográfico en la puesta en escena de las imágenes iniciales acaba deviniendo pobreza de medios, reiteración de espacios y lugares sin ningún tipo de logro estilístico, sino como muestra de carencia

El énfasis en la representación del horror, la insistencia en su ostentación, sino está bien medida y calibrada provoca el efecto contrario: la acumulación desaforada provoca hastío y desactiva nuestro resorte moral; es más, incluso provoca cierto cansancio y banalidad, lo cual sí que resulta horroroso. Suplir esta falta de gradación con unos giros efectistas, con una arbitrariedad en la enunciación del dolor, invalida la verosimilitud de su enunciado.

Ciudad de vida y muerte
Narrativamente, no hay un hilo conductor que galvanice el crescendo emocional, porque no hay un eje narrativo. Las secuencias se solapan unas a otras. Si lo que se persigue con esto es alcanzar un efecto más documental, más "verdadero" y auténtico, como la elección del blanco y negro certifica, el resultado artístico es insuficiente.

La verdad moral e histórica que se ha pretendido denunciar y publicitar supera a los mecanismos cinematográficos que la contienen. Como clase de historia, reveladora. Como película, truncada.



1 comentario:

  1. Maniquea como ella solita. Con influencia de Spielberg. Eso si, para salvar los muebles, existe un japones "honrado". Demasiado ruido, demasiado larga. Tan impactante como vociferante, tópica. Esta historia sobre la historia tiene también bastante de tramposa. Eso si nadie puede dudar de su efectividad.

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