jueves, 1 de abril de 2010

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Crítica El escritor (The ghost writer)


La representación de la verdad 1 2 3 4 5
Escribe Juan Ramón Gabriel


Cartel de El escritor
A través del cauce genérico del thiller, Roman Polanski despliega un relato que se atiene a las reglas formales más convencionales del “suspense”, al mismo tiempo que las subvierte y cuestiona desde el interior de la propia anécdota narrativa que, arteramente, utiliza para desactivar nuestra más cauta prevención hacia el señuelo que disimula la verdad de las mentiras.

El oficio del protagonista sirve como marco alegórico de un retrato de los mecanismos de creación de ficción, tanto individuales (la personalidad) como colectivos (el imaginario político) y, por extensión, de poder.
El escritorEn ocasiones incluso hollamos el territorio del terror psicológico, del malestar que provoca deambular por una geografía del engaño y la ambigüedad, con la atención siempre alerta para interpretar y descifrar los múltiples indicios que salen al paso del protagonista, con cuya peripecia indagadora se nos obliga a identificarnos mediante la focalización discursiva. El desconcierto y las dudas del personaje, su ignorancia es la nuestra. Un protagonista que ha sido elegido como sustituto de otro escritor, muerto durante la labor para la que fue contratado: redactar las memorias de su amigo y camarada político Adam Lang, expremier británico. Esta condición vicaria, esta función de pronombre sustituto, remarca perfectamente la insignificancia y la nada en que como personaje se ha desenvuelto y se desenvolverá el protagonista: un anti-héroe, un pseudo-fracasado profesional y vitalmente, al que el azar y una intervención providencial delante de un poderoso editor le otorgará la posibilidad de resarcirse de su mediocridad, si bien renunciando a la fama (es contratado como “negro”) y manteniéndose en el anonimato en el que sobrevive, pero siendo compensado económicamente de forma harto generosa. Su elección como candidato idóneo reviste las maneras de una especie de pacto mefistofélico no buscado, no ambicionado: la venta de su alma (su exigua vanidad intelectual) para este aprendiz de Fausto no será por amor, sino por dinero, aunque el argumento con el que ha conseguido ser seleccionado ha sido una apelación a la mostración del “corazón” del político en su libro de “Memorias”, como reclamo (uno más) para aumentar las ventas. A pesar de la renuencia con la que acepta el encargo, el engranaje de la maquinaria narrativa se ha puesto en marcha, ocupando nuestro protagonista el lugar que se le ha asignado y sufriendo, nada más abandonar el edificio de la sede editorial donde ha rubricado el contrato, los primeros embates de la trama en la que se verá inmerso (es golpeado y atracado: le roban un manuscrito que le había sido entregado para su revisión: más cebos).


El desplazamiento desde Londres a la isla de Nueva York donde se encuentra Adam Lang, el político retirado, marca la entrada, escenográficamente, en el paisaje de lo siniestro, tanto física (por la desolación del paisaje circundante) como anímicamente (el clima de constante sospecha y desconfianza). La aparición del político se retrasa para aumentar el interés del espectador por el personaje, metonímicamente representado por el séquito que lo rodea y por la “jaula de oro” en que más que residir parece que esté encerrado: un trasunto de prisión de lujo, con un diseño funcional y minimalista, aparentemente abierta al exterior por unas cristaleras omnipresentes que introducen el bravío mar y la arena de la playa, la naturaleza invernal e inhóspita del paisaje por excelencia de descanso de la élite norteamericana, en la amplia y espaciosa mansión. Sus formas geométricas, cúbicas, son las propias de una fortaleza, un remedo de castillo medieval posmoderno. El hotel donde se instala en un primer momento el protagonista mantiene las formas de la época colonial (y no es baladí tal remedo).


El escritor

Esta cárcel de cristal es gobernada por la mujer de Lang, Ruth, nueva Lady Macbeth, poder en la sombra del poder, que se disputa el territorio sentimental con Amelia Blay, la secretaria personal y fiel servidora, la cual hace firmar a nuestro escritor protagonista varias cláusulas de confidencialidad.

Dentro de la mansión, destaca la habitación donde se encuentra resguardado el manuscrito de las memorias del político, la primera versión realizada por su fiel y amigo colaborador muerto, al que el escritor-negro tiene que dar los toques finales.

Una orden de enjuiciamiento decretada por el Tribunal de La Haya desata los acontecimientos políticos: Adam Lang es acusado de crímenes de guerra, de crímenes contra la humanidad. El suspense se recubre de indagación política: a la intriga por la misteriosa desaparición de su predecesor se le suma la sospecha sobre las verdadera personalidad del político: un estadista de altura o un criminal sin escrúpulos. La lucha contra el terror internacional ha sido la justificación de su actuación política. Paradójicamente, la mansión se ha convertido en su Guantánamo particular, asediado por periodistas, por protestas ciudadanas indignadas, por sus propios ex-compañeros de gabinete. El revestimiento moral como un reclamo más. Para el escritor, un acicate para bucear en la verdadera personalidad de su autorretratado, para transgredir los límites que se le han impuesto y que él ha aceptado.

Su mejor muestra de talento narrativo reside en la redacción de un comunicado de prensa, en el que estratégicamente lo político se asocia a lo personal (la moral). Ahora, es “cómplice” de la estrategia defensiva de su mentor. La vanidad ha vencido a sus escrúpulos morales momentáneamente. Cuando escucha sus “palabras” por televisión, es consciente de la impostura.

En medio de la vorágine que se desata, el escritor ocupa paulatinamente el espacio de su fenecido antecesor; se ve abocado por los hechos a desempeñar un rol parecido. Consciente de las funestas consecuencias que le acarreará tal asunción sobrevenida, sobre todo después del hallazgo fortuito de unas fotos y documentos en la habitación del muerto (sí, ahora pasa a ser la suya), se esfuerza por impedir que se repitan los hechos, con lo cual se introduce de cabeza en las artimañas que pretende desvelar.


Lo siniestro se ha enseñoreado discursivamente del relato: el recurso de la reiteración aparece manifiestamente en la pantalla como síntoma de angustia y presagio de muerte. Lo fatal repite su esquema: la secuencia inicial con el cuatro por cuatro abandonado en el transbordador; la llamada al mismo número de teléfono que escondía su predecesor; la discusión que mantiene con Adam Lang en el avión, réplica de la que éste mantuvo anteriormente con su primer negro antes de su muerte…todos los indicios conducen a un idéntico desenlace, que un sorprendente pero previsiblemente esbozado por el director atentado parece desbaratar.

El escritorLa coda final remarca la estructura circular de la historia: volvemos al lugar del inicio, a la sede editorial donde la viuda presenta, finalmente, los “recuerdos” de Adan Lang: “Mi vida”, momento que se aprovecha para descifrar el MacGuffin del manuscrito por nuestro innominado protagonista. Tal anagnórisis no tendrá un carácter liberador, bien al contrario supondrá la reafirmación in extremis y fuera de campo de la reiteración siniestra que ha articulado el guión. La crónica de un desenlace anunciado e inevitable; la confirmación de la identidad de carnada que finalmente ha sido asumida plenamente por el montador de las memorias. Su llenado de significado a costa de su desaparición física: era una categoría vacía y como tal permanecerá. Ha sido un simple peón en un doble ardid: el que rodeaba a Lang y el que había urdido su mujer.

Para terminar, añadir o aventurar un posible sentido al subterfugio modelado por Polanski: las fotos que desencadenan el final trágico de ambos “escribidores” (la función de mera caja de resonancia del poder, de meras voces, máscaras narrativas, de la máscara política del Poder) remiten a la juventud gloriosa de Adam Lang, cuando era joven e indocumentado; feliz, por su ejercicio de su vocación de actor, antes de abandonarla por la política a través del amor a Ruth; muestra de los venturosos y El escritorfelices y desbocados primeros años setenta, más laxos moralmente y más despreocupados, menos “puritanos”; fotos en los que aparece el tutor universitario de Ruth, Paul Emmett, que dirige una institución que trabaja para la CIA bajo el significativo nombre de “Arcadia”. ¿A qué “arcadia” se refiere el director: a las de sus personajes o a la suya propia, que discurre en paralelo a la de su ficción? ¿Dejó de ser un actor Adam Lang para convertirse en un político o simplemente cambio de escenario: del teatro a las tablas de la representación política?

Uno de los aciertos del filme es su apuesto por los indicios, por las alusiones y las elisiones, por sugerir más que por categorizar. Ambigüedad que no se esfuma, que preside las actuaciones de los personajes (¿y de su hacedor?) y que impregna el milimetrado ritmo, el carácter de las figuras de ficción perfectamente perfiladas, la sustancia de las verdaderas mentiras que discurren en la pantalla y de las mentiras verdaderas que nutren los resortes políticos, verdaderas por sus mecanismos, mentiras por políticas.


2 comentarios:

  1. Muy buena critica. Aunque no coincido en opinión reconozco que la ha argumentado bien. Para mi gusto " El escritor" deja que desear. Su final es absolutamene predecible y eso en una película de misterio es inadmisible. Además ¿que justificación tienen los orientales?¿por qué les saca en tantos planos si luego no tienen un papel fundamental para la resolución de la trama? y ¿por qué tantas escenas comiendo sandwich? En resumen le sobran minutos. Pero bueno para gustos... Un saludo y felicidades por el blog.

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  2. No, la película no es de "misterio". Va de otras cosas, incluso ni siquiera es sobre "la política". El entramado (sorpresivo) juega el mismo efecto que (lo inútil o accesorio) buscado en los films del director de "Encadenados": son árboles que ocultan el bosque.
    La película de Polanski (¡que forma de crear atmósfera inquietante sin casi "nada", por supuesto, sin efectos "especiales!) va de los que "no existen", de aquellos que son espejos de los muchos seres aplastados, olvidados. El protagonista es un "fantasma". Algo que claramente se explica en uno de los más maravillosos finales que nos ha deparado el cine últimamente: la muerte fuera de "campo". Un ser inexistente que desaparece fuera de nuestra vista porque nunca ha existido. Eso es maestria. ¿cuestión de gustos? Eso es una cuetión subjetiva. Lo objetivo, la calidad del film, es otra cosa. Sin duda, por multitud de elementos, una de las mas grandes obras de Polanski, en la que además "habla" sobre su misma vida. Casi nada.

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