domingo, 18 de octubre de 2009

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Cuando nos encanta que nos tomen el pelo: Si la cosa funciona, Woody Allen

Woody Allen
Cartel de Si la cosa funciona La última película de Woody Allen, implica un doble retorno, primero a la ciudad de Nueva York, y segundo a los guiones que ponen el acento en el diálogo. Allen abandona la línea de sus últimes películas rodadas en Europa para centrarse en su universo de siempre. En este sentido estoy totalmente de acuerdo con la crítica de Marcial Moreno en Encadenados. Para mí la película va desinflándose poco a poco y no alcanza el grado de madurez que de vez en cuando Woody Allen nos ha mostrado en sus películas (en el último tramo de su filmografía podríamos nombrar Melinda y Melinda o Match point).



Pero con todo ello, es un placer asomarse al despliegue inteligente que la verborrea del protagonista de Si la cosa funciona despliega a lo largo de toda la película. Es verdad que la idea se agota a la media hora de película, es verdad que los temas se repiten (relación entre hombre maduro que ejerce de pigmalion, el sexo, la muerte o el sentido de la vida), pero también es verdad la capacidad de trenzar diálogos del director de Annie Hall continua sorprendiendo. Quizá nos parece pobre porque hemos asistido a esta historia cientos de veces en el universo del cómico judio, pero cuando comparamos un filme de Allen que consideremos mediocre con alguna otra comedia del cine actual, nos damos cuenta de que una película como Si la cosa funciona está muy por encima de eso que hoy en día se llama comedia.

Si la cosa funciona
Woody Allen es ya un clásico. Por su edad, por su extensa filmografía, por su capacidad de generar un entorno temático común a lo largo de su obra y por la construcción de las escenas basadas en el gag que muestran un grado de precisión y un tempo que cada vez es más difícil de ver en una pantalla grande. Un ejemplo, al final de la película, el protagonista intenta volver a suicidarse tirándose por la ventana, pero cae encima de una mujer, salvándose de la muerte. En la siguiente escena acude a verla al hospital, la mujer le dice que es vidente, y de un chiste fácil y que todos esperamos, es decir, que el protagonista le pregunta a ella : ¿si es vidente como no adivinó que iba a caer encima suyo? A lo que ella contesta: "Quizá sí lo sabía". Y con esta frase, la escena se convierte en toda una declaración de amor en la apenas se ha empleado tres o cuatro minutos. No hace nada más.

Personalmente, cuando en una sala de cine me toman el pelo de esta manera, me encanta.



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