viernes, 29 de enero de 2010

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Crítica de Up in the air


Abajo en tierra 1 2 3 4 5
Escribe Juan Ramón Gabriel
Cartel de Up in the air
Up in the airResulta decepcionante que una película con un desarrollo argumental tan débil y previsible haya sido premiada con el Globo de Oro al mejor guión, premio que, a su vez, la sitúa entre las favoritas para alzarse con el Óscar. La historia se agota en los primeros veinte minutos de metraje, aquéllos en los que se lleva a cabo la presentación del personaje protagonista y de su modus vivendi. Ryan Bingham (George Clooney) es una especie de "liquidador" de puestos de trabajo, es decir, el mejor ejecutivo de una empresa especializada en despedir empleados, ingrata labor que las empresas afectadas delegan en la firma para la que Ryan presta eficazmente sus servicios. Tan despreciable tarea se soporta por la representación en pantalla de un simpático canalla (papel en el que Clooney se ha encasillado) para desempeñar tan canalla función. Con un montaje trepidante, unos planos breves y rápidos, unas cuantas pinceladas, se nos ofrece un retrato ajustado y preciso del personaje, afanado en conseguir acumular diez millones de millas en vuelos para así engrosar la exigua lista de poseedores de una tarjeta vip especial que suministra la American Air Lines. Sus privilegios en hoteles y en aeropuertos, las atenciones que recibe en la clase businnes, su pericia a la hora de encarar los controles de pasajeros, su sabiduría como hacedor de equipajes, su conocimiento de restaurantes y de las mejores ofertas, delinean a un perito en el manejo de ofertas y servicios.

Como contraste, su vida privada brilla por su ausencia. Sólo ha pasado cuarenta y cinco días en casa (Omaha) el último año, una casa caracterizada por su frialdad y funcionalidad, un apartamento que se asemeja más a una habitación de motel de segunda, sin ninguna huella de calor humano, sin ningún rastro de hogar. Un espacio para el tránsito, para aparcar los días de ocio mínimo, pues en su caso el negocio es su vida. Y le gusta, está satisfecho. En uno de los tiempos muertos en el bar de un hotel, conoce a un álter ego femenino, Alex (Vera Farmiga), con la que se establece un duelo profesional que halaga el ego de Ryan y despierta su apetito sexual, puesto que ella le seduce, aparte de con su belleza y encanto, con la promeso del no compromiso y de la no petición de ningún tipo de responsabilidad o intercambio emocional: que la use para su disfrute.

Ejemplo de su satisfacción es el símbolo de la mochila o de la pequeña maleta, verdadero eje axial de su filosofía de vida y compendio de su sapiencia: en ella ha de caber aquellas cosas (y personas) que faciliten la "portabilidad", que sean el bagaje ligero y básico que se puede acarrear constantemente, no una pesada impedimenta que impida la perenne movilidad.

El detonante del conflicto proviene de su propia cosecha: su empresa decide innovar en los métodos de despedido para ahorrar costes. Se quiere poner en práctica el proyecto de una joven psicóloga de veintitrés años, Natalie (Anna Kendrick): despedir a través de la red, mediante video-conferencias. Ryan, viendo peligrar el objetivo de acumular millas, intentará boicotearlo. El jefe decide que ambos, Ryan y Natalie, trabajen juntos durante un periodo de prueba para perfeccionar el sistema de Natalie. Este personaje esconde un bullicio sentimental y emocional bajo su fría apariencia de ejecutiva, debido a su juventud, fisura que el sagaz y experimentado Ryan utiliza para intentar ganar el duelo, aunque en seguida se intuye quién será el vencedor profesional, a la par que la actitud de Natalie empezará a sembrar de dudas la granítica coraza de Clooney, pues aquí el guión se deshilacha y trasmuta, sin ton ni son, o sin convicción, porque sí, al fiero león en un gatito deseoso de mimar y ser mimado.

Up in the air
A estas alturas, el aburrimiento y el sopor ya llevan rato presentes en la película y en la butaca de espectadores, pero el director se empecina en profundizar en la arritmia en la que se ha instalado: ni corto ni perezoso hace aparecer de pleno a la familia de Ryan, que la tenía, a sus dos hermanas, una de las cuales está a punto de casarse, y allí se dirige el tío Ryan, en compañía de su cada vez más querida y más comprometida Alex, no sin antes haberse regodeado en una fiesta en la que la fría Natalie se consuela por el abandono sufrido: su novio, por el que había renunciado a un brillante puesto de trabajo en San Francisco, la abandona a través de un SMS. La escena en la que Ryan regresa al núcleo originario es sonrojante, con visita al instituto en que estudió y mostración de un recorrido sentimental a su acompañante Alex. La boda de la hermana, su casi frustrada celebración, salvada in extremis por la intervención del "frío" y "falto de compromiso emocional" Ryan, vergonzante.
Puestas así las cosas, hundida la película en el fango de la indefinición y del lugar común, desorientada, el director recurre a dos golpes de efecto en paralelo: uno en la vida sentimental y otro en la profesional del protagonista.

En un arrebato de amor, o de miedo a la soledad, o de efluvio sentimental, qué más da, Ryan se planta en el domicilio de Alex, para, oh sorpresa, encontrarla felizmente casada y madre de familia. En el profesional, una de las mujeres a las que Natalie ha despedido, ya asimiladas las enseñanzas del maestro, ha cumplido su amenaza y se ha suicidado, oh desgracia. Alex llama a Ryan, en una secuencia innecesaria y enfática, para recordarle el pacto de no compromiso, a la vez de que le espeta lo que él ha sido (y puede seguir siendo): una evasión, un divertimento, un escape, en medio de la feliz rutina de su vida "real".
Natalie, a su vez, se despide y se presenta en San Francisco, para soilicitar el puesto de trabajo al que había renunciado por "amor". Gracias a una elogiosa carta de recomendación de su ex-jefe y maestro, es contratada.


Up in the air

Ryan obtiene su ansiado y ahora amargo premio: ha conseguido ser el séptimo poseedor (y el más joven) de la anhelada tarjeta vips. La película se cierra con la voz en off del protagonista alabando lo que no tiene: los afectos, los sentimientos, la familia, el hogar…


Jason Reitman persiste en la destilación de un discurso moral, de raíz conservadora y esencialista de defensa de valores trascendentes para él: lo sentimental-emocional a través del cauce familiar. Nada habría que reprocharle si ése es su parámetro ideológico. El problema reside en el timo de querer vendernos como moral lo que no es más que moralina, una moralina tan omnipresente que ahoga la criatura narrativa que debía expresarla.

Si en Juno el discurso ideológico anti-abortista convivía con una película fluida, con un ritmo sostenido y con cierta naturalidad y frescura narrativa, en aras del presupuesto moral y del coraje y madurez de la protagonista, aquí el esqueleto argumental sólo sustenta un cadáver narrativo que va dando tropiezos, mientras intenta vendernos, de mala manera y con trampas, las bondades de lo privado y subjetivo frente al malestar del éxito a cualquier precio.

Si a ello añadimos la resignación positiva con la que afrontan los empleados despedidos su nueva situación, como una ocasión para desarrollar sus vocaciones preteridas, para reverdecer sueños abandonados en una segunda oportunidad que les ofrece la vida, el dislate alcance niveles enojantes. Como colofón extradiegético, durante la proyección de los títulos de crédito, se incluye un mensaje telefónico grabado por un joven en el que le ofrece a Jason ( Reitman) una canción para que, en caso de que le guste, la incluya en la película. La incluye, por supuesto. ¿Será la medicina de Obama?

1 comentario:

  1. Tampoco es de mis favoritas, prefiero ver a Melanie Lynskey interpretando papeles cómicos como el que hará para los Duplass en Togetherness sus nueva serie para HBO

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