jueves, 25 de febrero de 2010

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Crítica de I'm not there


El poeta es un fingidor 1 2 3 4 5
Escribe Juan Ramón Gabriel
Cartel de I'm not there
A mitad de camino entre el homenaje y la impostura, discurre esta original y sorprendente aproximación a la figura del cantante Bob Dylan, este viaje cinematográfico por la trayectoria de uno de los iconos artísticos y musicales más resbaladizos de las últimas cinco décadas, presente su estela todavía en el panorama actual.

Tal como señala la secuencia inicial, se trata de llevar a cabo la autopsia figurada de un cadáver muy vivo, así como de la época histórica por la que deambuló. Cronológicamente, la acción se desenvuelve entre el final de los idealizados años cincuenta, en las postrimerías de la administración Eisenhower (1959), y el epicentro de la administración de Ronald Reagan (1984). Esta vivisección persigue mediante la prosopografía del personaje, a través de los datos históricos y de toda la proyección mediática generada en torno a él, alcanzar la etopeya, el núcleo último y basamento prístino interior sobre el que se ha erigido el pedestal de su fama.

En paralelo al personaje, transcurren los avatares históricos donde germinó su semilla musical, la bandera y el país en cuyas estrellas brilló refulgentemente el aura de un mito musical al que se le quiso revestir de mesianismo.

I'm not thereEl periplo del personaje se convertirá en símbolo de una búsqueda indagatoria, en el requerimiento de un viaje interior hacia los entresijos últimos del venero de la creación artística, hacia las fuentes primigenias de donde ha de brotar, inmaculado y epifánico, el impulso de la poesía, desprendido de toda la ganga que su ulterior hallazgo acarrea: corrupción y desbaratamiento. Así pues, Bob Dylan sirve de compendio del artista per se, de pretexto para una reflexión o ensayo sobre el papel del artista en la modernidad. Afortunadamente, el director se salva de la hoguera a la que parecía condenado tamaño empeño, a saber, la solemnidad afectada y el engolamiento, gracias a cierta ironía y al asentimiento que solicita del espectador, aprovechándose de la admiración que suscita el personaje retratado. Hemos de aceptar el juego de sincera falsedad, las cartas marcadas que se nos reparten, para entrar en la partida. De lo contrario, seremos expulsados de la timba.

Los argumentos con que se nos gana son los siguientes: partiendo del presupuesto posmoderno de la imposibilidad de un relato otorgador de un sentido unívoco e omnímodo, abraza como mecanismo de representación una perspectiva poliédrica, coherente con el retrato del sujeto fragmentado con que perfila a la persona Dylan. Al modo de los heterónimos pessoanos, esboza toda una serie de máscaras que intentan esbozar los perfiles del artista quebrado, de sus múltiples astillas, de su plural vida. Para ello, recurre a un hexaedro actoral: seis diferentes actores interpretarán seis diferentes etapas, posturas o manifestaciones por las que ha atravesado el genio creador de Dylan. En última instancia, se persigue, mediante tal fragmentación, preservar la pureza originaria del discurso artístico, meta última que guía el quehacer poético del vate Dylan. Antes que pervertir su música, prefiere mudar la epidermis que envuelve al personaje, aun a riesgo de crear el desconcierto entre sus acomodaticios seguidores, renuentes a los constantes cambios que se operan en el resbaladizo cantante, mudanzas que arrastran en su labilidad la propia estabilidad de la persona, siempre paseándose por el filo de la navaja o por la atracción del abismo.

El director ancla el argumento en tres líneas de sentido: por un lado, la historia de Robbie (Heath Ledger), un joven actor que encarna, en el mundo del celuloide, los ideales que la música de Dylan expresa; que deviene una traslación al universo cinematográfico y a su ecosistema del malestar y de las ansias de autenticidad que destilan las letras de Dylan. Esta subtrama escenifica todo el ambientillo de la bohemia del Village neoyorkino, todas las esperanzas de una generación que se vieron identificados con la figura del presidente Kennedy. He aquí el retrato de la izquierda norteamericana, de sus ideales y de su intrahistoria cotidiana, de su fracaso y de su pérdida de la inocencia. La guerra de Vietnam es su seña de identidad.

Por otro, una especie de juicio sumarísimo, a la manera de las comparecencias ante la comisión Macarthy, a una especie de Arthur Rimbaud redivivo, epítome de l´infant terrible a la par que origen de la imagen de creador moderno: Je est un autre se convertirá en el lema del problema de la identidad en la poesía y, por extensión, en el arte moderno. Su interrogatorio da pie a toda una reflexión sobre el concepto del arte y sobre el problema de la Autenticidad.

Por último, las diferentes máscaras-personas-actores que encarnan las diferentes facetas de la trayectoria artística del mutable Dylan: desde un niño negro seguidor del agonizante maestro de Dylan, muestra de las raíces “negras” y folclóricas de su música, niño que nos retrotrae a secuencias representativas de la época de la Gran Depresión, a un cine deudor de la novela social de Steinbeck, con sus vagabundos y sus vagones de trenes de mercancías que transportan a los excluidos sociales (niño que será un simulacro falso más, pues simplemente se ha escapado de un orfanato); el arma de este personaje para “matar fascistas” la guarda en su funda: la guitarra (“La poesía es un arma cargada de futuro” que decía aquél…)

I'm not there



Jack (Christian Bale), la primera imagen icónica del joven Dylan, nuevo trovador o juglar de los valores periclitados de una América popular, máscara del cantante o cantautor tradicional, de la canción protesta, que desatará el fervor entre toda una nueva generación de norteamericanos que lo adoptarán como estandarte de causas políticas y sociales, hasta provocar el hartazgo y el deseo de metamorfosis en el idolatrado Dylan. Jude Quinn (Cate Blanchet) es la máscara sesentera, la entrada en el territorio de las drogas, la huida de los EEUU para refugiarse en el Londres fabuloso de los sesenta, donde podrá “dialogar” con los Beatles y Los Rollings. Este apartado es todo un homenaje a la época dorada del pop inglés y a la ebullición artística que se fraguó en esos efervescentes años: la psicodelia, el arte abstracto, la moda y el diseño…y el vacío y el bluf. Hay un explícito homenaje al Richard Lester de ¡Qué noche la de aquel día¡ El guión se recrea en esta etapa mediante la introducción de un antagonista, una especie de encarnación del Mister Jones (canción de Dylan): el hombre burgués, mediocre, biempensante e hipócrita, que reprime sus tendencias sexuales en aras de una moral obsoleta. Este Jude Quinn acabará sus días de predicador en California, en mitad de la revolución neoconservadora del reaganismo.

Y, finalmente, Billy, álter ego de Billy el niño, nuevo guiño ahora al filme de Peckinpah en el que participó Bob Dylan. Billy vive apartado del mundanal ruido, refugiado en su pueblo de adopción: “Acertijo”, del que había escapado el joven negro del principio. Así pues, el círculo se cierra. Pero Biily será expulsado de allí por la avaricia especulativa de Pat Garret y sus hombres, subiendo a un tren en marcha. El tren circular del principio del filme.

Un concierto en medio de la plaza de “Acertijo” le sirve al director para rendir un nuevo homenaje a los Beatles, en concreto a la portada de su psicodélico disco Sargent Peppers. De un modo onírico, surrealista y descabellado desfilan toda una serie de personajes, personas y animales (jirafas y avestruces), metáforas de una Norteamérica derrotada, vencida y moribunda, a la que sólo resta la indignación.

Coherente con este juego de espejos, con este desfile de máscaras, con esta fragmentación ontológica, la estructura se articula de manera discontinua, rota y quebrada. Las diferentes sub-tramas se sobreponen unas sobre otras, en una especie de puzle que el espectador debe ordenar. Superposición que también afecta a la disolución de los límites entre realidad y falsa ficción documental: hay toda una serie de personajes entrevistados que expresan su opinión y la relación que mantuvieron con Dylan. Destaca Julian Moore como máscara de Joan Báez. Por supuesto, que también aparece la realidad real a través de portadas de periódicos y de imágenes televisivas (Kennedy, Nixon, Vietnam, el napalm…)

Como no podía ser menos, las canciones y la música de Dylan pautan diegéticamente la narración, siendo un elemento fundamental, el armazón, el canzoniere vital y artístico que en última instancia ha de dotar de poesía a la simulación que las imágenes nos ofrecen. Y la dota, eso sí, siempre y cuando se acepte el juego de guiños, los reflejos especulares, las intertextualidades culturalistas, el código compartido o al menos consentido, la broma intelectual, todo aquello que impide una trabazón dramática, que supere la estética de video-clip. El filme hubiese ganado con treinta minutos menos de metraje, pero aun así resulta entretenido, ilustrativo. Los actores, los reales, están muy bien. En particular Cate Blanchet, Charlotte Gainsbourg, Heath Ledguer (desnudo frontal incluido), Richard Gere… El narcisismo que destila la historia no es asfixiante. Es epocal. Lo que hay.


I'm not there

1 comentario:

  1. El principal acierto de I’m not there es recoger dos de los elementos claves que giran entorno al personaje de Bob Dylan. En primer lugar tenemos las múltiples caras que presenta el personaje y en segundo lugar ofrece la visión que tienen de él las personas de su generación. Este aspecto es fundamental en Dylan pues ya no importa la verdad objetiva, importa la percepción que de esos hechos tuvieron sus seguidores.

    Hay que tener en cuenta que estamos ante el cantautor acústico que se pasó al rock, el mesías a seguir que renegó de sus enseñanzas, el que inspiró todo el ambiente de rebeldía de una generación pero que no acudió a Woodtock, el hombre moderno de puertas para fuera y el tradicional en el interior de su casa, el creador de leyendas (la mitad de las cuales no sabemos si ocurrieron realmente), el judío de nacimiento que se pasó al cristianismo y que actuó frente al Papa, el hombre que desde años está embarcado en una gira mundial actuando por todos los lugares…

    En definitiva es el intento de encajar el mito en una estructura más o menos compacta. Difícil, imposible, pero I’m not there es válida como estupendo compendio de imágenes y música.

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