viernes, 5 de febrero de 2010

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Crítica de Invictus



Himno deportivo, salmo político 1 2 3 4 5
Escribe Juan Ramón Gabriel


Cartel Invictus

Cantar las armas con las que uno de los presos políticos que mayor reclusión soportó (“9000 días” reza el estribillo musical de la canción que clausura el filme) en la convulsa historia del siglo XX logró evitar un baño de sangre en su país tras su liberación y toma de las riendas del poder es el objetivo indisimulado que persigue este relato hagiográfico, este retrato humano y político del artífice de la nueva Sudáfrica, emergida precisamente después de que el reo Nelson Mandela fuera excarcelado y que con su excarcelación se pusiera punto y final al ominoso sistema que durante décadas había segregado racialmente a la población sudafricana, el Apartheid, sumida en una excepcionalidad anacrónica de carácter numantino, en una cuarentena del escenario internacional que respondía a la propia cuarentena que los gobernantes blancos ejercían sobre los súbditos de color o mestizos, en una especie de sistema de castas y estamentos, pesudoracial y pesudofeudal.

InvictusLas armas que utilizó Nelson Mandela fueron la reconciliación y el perdón como ejes de su actuación de gobernante, como vectores que debía inocular en el resentimiento generalizado de la población: los sometidos debían renunciar a su anhelo de venganza; los ex-sometientes debían aceptar la abdicación de su poder y traspasarlo a sus antiguos enemigos, adaptándose a su nueva condición de simples ciudadanos, en un país sin siervos ni señores.

Sobre este trasfondo histórico, que por sus repercusiones internacionales y sus implicaciones morales alcanzó una proyección mundial, Eastwood teje un relato para mayor gloria de la persona (icono) Mandela y del actor (y amigo) Freeman, que logra encarnar con autenticidad y verosimilitud, con realidad cinematográfica y sinceridad ficticia la figura del aclamado y respetado gobernante. La simbiosis es perfecta, dotando al personaje de una humanidad y proximidad raras en los biopics más recientes (las fallidas aproximaciones al Ché Guevara, o a Jaime Gil De Biedma). Hasta la voz y el inglés del actor se confunden con la de la persona que recrea, insuflando vida propia y logrando atravesar la opacidad adherida al icono.

La interpretación del actor supera los mimbres que debe accionar, dota a la película de una excepcionalidad que la historia diegética no comparte. Le falta pedestal fílmico a la estatua que se ha erigido. El basamento es correcto, pero el tamaño de la figura que soporta hubiera necesitado de una mayor consistencia.

Precisamente la corrección política en que se inscribe el guión, el apartamiento de las aristas y de los escollos que hubiesen empañado la imagen de Nelson Mandela, el aura inmaculada característica del género de ensalzamiento en que se inscribe, impide que la base este a la altura de la efigie. Los mayores logros de Eastwood como director y como actor han sido a la contra, posicionándose contra las corrientes dominantes en defensa de personajes solitarios, enfrentados a su medio, tan adustos y “antipáticos” como firmes e insobornables en sus convicciones, tozudos y tenaces, auténticos; enfrentados a lo políticamente correcto; en algunos casos, debido a su inocencia y candidez, víctimas propiciatorias de las alimañas que les acechaban. Ahora, debe cambiar de posición, debe llevar a cabo un retrato positivo, políticamente correctísimo, de un icono de valores mayoritariamente aceptados como ejemplarizantes, como categóricamente imperativos.


Invictus

Bien es cierto que el personaje Mandela-Freeman comparte la soledad propia de los héroes de Esatwood, pero en este caso debido a su entrega, a su sacrificio por una causa trascendente a su individualidad subjetiva: será el mesías salvador de la esclavitud en la que se halla su pueblo. Desde el principio el personaje tiene claras sus metas y éstas responden a un carácter filantrópico y benefactor: la redención de su país, la salvación de su pueblo mediante la superación de los tribalismos en aras de una nueva Sudáfrica moderna de ciudadanos. La identificación religiosa-política resta rencor, violencia y conflicto dramático en pos de un pacto de reconciliación que preside todo el guión y que no permite ningún desvío de tal meta.

Aun así, el aliento épico respira en tal empeño político, pero canalizado a través de un enfrentamiento, de un duelo deportivo. La astucia como dirigente de Mandela le hace comprender que necesita restañar las muy abiertas heridas de su pueblo, para lo cual ideará la estrategia de involucrar en una confrontación deportiva contra un “enemigo” externo a los dos bandos de su dividido país. El deporte será el símbolo de la reconciliación, tal como en la escena inicial del filme era el símbolo de la división: un equipo de hombres blancos entrenando al rugby, separados por una valla de alhambra de un descampado en el que un grupo de niños negros juegan al fútbol. La comitiva que conduce a Mandela desde su reclusión a la libertad atraviesa la carretera que separa ambos deportes, ambos mundos.

Planteada la estrategia, el nudo de la historia se centrará en la preparación, en paralelo, del equipo sudafricano de rugby para alcanzar el triunfo en el campeonato del mundo que se celebrará en Sudáfrica, y en la preparación y convencimiento de la población negra para que dé su apoyo e identificación al tan odiado, hasta ese momento, equipaje verde y dorado de la selección de rugby, emblema de la opresión que ha padecido en sus propias carnes.

Como antagonista pero aliado, Mandela se gana la confianza de François Pienaar, el epítome de afrikáner que ejerce de capitán del equipo nacional. La reacción de unos, el equipo político que rodea a Mandela y sus más allegados, acérrimos contrarios a tal estrategia, y de otros, los blancos miembros del conjunto de Rugby, ofrece, el contraste dramático e ideológico que debe tensar el conflicto. El aura que desprende el presidente Mandela será el bálsamo que suavizará, mitigará y metamorfoseará los vértices enfrentados.

InvictusLas escenas íntimas se intercalan con la proyección pública. La familia de Piennar, su radical padre (contrario a la nueva situación política, desconfiado ante la capacidad de Mandela –los negros- para llevar las riendas del país, que puede terminar como las vecinas Angola, Mozambique…); su joven, guapa y comprensiva mujer; su conciliadora madre y su sirvienta negra, que al final formará parte de la familia cuando es invitada, como un miembro más de pleno derecho, a asistir a la final del campeonato. Los miembros de la selección, que en principio son renuentes a aceptar su instrumentalización política, negándose a adoptar el nuevo himno nacional (el himno del CNA, antiguos “terroristas” para muchos de ellos). El periplo promocional en el que se ven involucrados, visitando los suburbios negros para recabar la simpatía, apoyo y adhesión de los jóvenes negros. Las escenas de la selección corriendo por las calles con su característico equipaje y siendo vitoreadas por la población –blancos y negros-.

La pugna soterrada que se establece entre los guardaespaldas negros del presidente y la anterior guardia (blanca) pretoriana del presidente, blanco, de Kleer; la imposición de Mandela para que trabajen conjuntamente, una argucia política más: quiere verse en televisión rodeado por guardaespaldas sudafricanos (afrikáners y negros). Las escenas que muestran la soledad de Mandela en la residencia oficial, el alto precio que debe pagar por llevar a buen puerto su proyecto de reconciliación: de su mujer, el único rastro visible es un collar que encuentra casualmente, abandonado, en un cajón. (Obviamente, la “Realidad” real fue a la inversa: Mandela hubo de zafarse de Winny por los escándalos de corrupción que atenazaban a ésta y que amenazaban con salpicarle a él mismo y empañar su prestigio).

La visita que los miembros de la selección de rugby efectúan a las isla donde estuvo recluido Mandela (no hay explicación aparente de tal visita durante la concentración), con el impacto que produce en el joven capitán lo diminuto del habitáculo donde estuvo encerrado el presidente. Esta secuencia se aprovecha para superponer imágenes del cautiverio de Mandela, realizando trabajos forzados, así como para que éste recite el poema que intitula el filme: Invictus, de W. E. Henley, un poeta victoriano, que ante las adversidades de la vida –se le amputó un pie- escribió un himno a la constancia y la perseverancia, poema que un proceso de aculturación simbólica se apropia como leitmotiv el propio Mandela, de igual manera que durante su encierro decidió conocer la cultura y la lengua del enemigo para poder combatirlos con éxito, enfrentarse a ellos, pues al fin y al cabo, “la policía, el ejército y la economía siguen estando en sus manos”, tal y como le dice a una estrecha colaboradora nada más tomar posesión del sillón presidencial. De la necesidad, virtud.

También hay dos escenas que muestran la paranoia reinante ante un posible magnicidio. Al inicio, una furgoneta de reparto de periódicos crea un suspense bien logrado. Tal suspense se acreciente cuando, minutos antes del comienzo de la final de rugby, un avión (sí, precisamente después del 11-S) parece precipitarse contra el estadio. Se trata del homenaje que un comandante afrikáner quiere rendir a su selección: lleva grabado en el fuselaje un mensaje de apoyo.

Invictus
A modo de reflexión político-deportiva, durante todo el desarrollo de la historia se intercalan los críticos comentarios televisivos de un reputado periodista, papel interpretado por el propio John Villiers, que pautan la actuación no sólo del equipo de rugby, sino la propia situación sudafricana y la acción ejecutiva del presidente Mandela. De este modo, Mandela se convierte en espectador de su propia trayectoria política, a la vez que conocedor de los errores que debe reparar y del imaginario social sobre el que quiere intervenir. Por supuesto, acabará ganándose el respeto y admiración del experto comentarista.

La larga conclusión corresponde a la tan anhelada celebración del campeonato de rugby, campeonato en el que el combinado sudafricano logrará alcanzar la final, frente al equipo de Nueva Zelanda. Por un lado, la filmación de tal evento nos obliga a identificarnos con la fisicidad que desprende el propio deporte. Eastwood graba a ras del suelo, convirtiendo al espectador en una especie de jugador más entre las melés que se producen. El director se recrea en el esfuerzo físico de los jugadores, en su sacrificio y entrega, destacando una vez más el paralelismo con el esfuerzo político necesario para alcanzar un nuevo país.

Por otro lado, aprovecha la constitución y el ejemplo que le ofrece el equipo de Nueva Zelanda. Este país ha resuelto satisfactoriamente las tensiones que está sufriendo Sudáfrica en sus propias carnes. Son el modelo que se debe emular. La danza maorí que interpretan los integrantes del equipo neozelandés (blancos, negros y mestizos) representa una unidad nacional que el equipo sudafricano y, por extensión, la nación debe imitar. Como así lo hacen, en los prolegómenos del partido, entonando como cántico el nuevo himno sudafricano, aunque sea en algunos casos a regañadientes, la victoria será suya. El objetivo político se ha logrado. El triunfo es absoluto. Eastwood, con cierto júbilo sentimental, se explaya en mostrar tal unidad, focalizando ostensiblemente los efectos catárticos que la celebración desparrama sobre los blancos y negros: ahora ya todos sudafricanos sin distinción, hermanos y ciudadanos.

En resumidas cuentas, una película correcta, que muestra el oficio y la pericia de un gran director en un terreno que no es el suyo; que tiene la generosidad de otorgarle un gran papel a un amigo suyo (para que luego los biógrafos digan que es egoísta), y este gran amigo le devuelve el favor con una inmensa interpretación. Tampoco desmerece, ni mucho menos, Matt Damon, cada día mejor. Sin romper el panegírico propio de las vidas de santos, origen de las hagiografías y cauce de este santo político laico que es Nelson Mandela, contemplamos un milagro político. Como tal milagro, se acepta por los creyentes. Por los no creyentes, se respeta. La Historia ya analizará y archivará el devenir de la América de África y de su Lincon particular.

1 comentario:

  1. A mí me pareció que intentó mezclar demasiadas cosas y se notaba que era un encargo con cierto tipo de directrices.

    Técnicamente me parece muy buena, haciendo algunas apuestas en cuanto a planos bastante atrevida para lo que es Clint y la foto como dices muy buena, tanto por los paisajes de Sudáfrica como por cierta escena “nocturna”.

    Por cierto, en realidad no hay un buen retrato ni político ni humano de Mandela, porque como político sólo se centra en su utilización como vehículo de unificación el Rugby pero de las medidas políticas, sociales y económicas no se habla en ningún momento, y sobre el apartado humano también falla porque se le presenta como un “semi-dios” sólo haciéndole humano con algunos clichés como “el hombre abandonado por su familia”, “su familia es el pueblo de Sudáfrica”, etc..

    Por cierto, lo único que me ha fallado aun siendo Clint es esa banda sonora que a veces llega incluso a ser “popera” pero sabíendo quien es el autor casi que se disculpa el no ponerle pegas.

    Un saludo.

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