sábado, 27 de febrero de 2010

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Las cuatro verdades

Escribe Gloria Benito

Las cuatro verdadesEn 1962, cuatro directores europeos estrenan un conjunto de cuatro relatos cinematográficos basados en algunas fábulas de Jean La Fontaine. René Clair (¡Viva la libertad!) adapta La zorra y el cuervo, Alessandro Basetti (La suerte de ser mujer), La liebre y la tortuga y Hervé Bromberger (Mort, où est ta victoire?), Los dos pichones. A Luis Berlanga le corresponde realizar la versión de La Muerte y el leñador, fábula que ironiza sobre la respuesta que un leñador, desesperado por no poder acarrear su carga de leña, da a la Muerte. Cuando ésta le pregunta qué desea y la razón de su llamada, el leñador le dice que la ha invocado para que le ayude a transportar sus haces. Mientras el resto de directores de Las cuatro verdades plantean sus relatos desde un punto de vista exclusivamente psicológico e intentan profundizar en los comportamientos humanos a través de unos personajes individualizados y situados en un contexto social moderno, Berlanga diluye los conflictos de los protagonistas de su historia en el marco social y político de una España económicamente deprimida y moralmente miserable. Para ello utiliza el estilo berlanguiano, con ese peculiar lenguaje que hace oscilar la historia entre el esperpento y el absurdo. A Luis Berlanga le interesan más los detalles cotidianos de una sociedad repleta de personajes secundarios y situaciones ordinarias que, combinados sabiamente con la consabida pizca de humor ácido vertido sobre hiperbólicos comportamientos, conforman un mosaico en que se amalgaman y mezclan las esencias españolas del momento.


Una verdad, siete secuencias

Luis García BerlangaEl interés del director por lo colectivo frente a lo individual se evidencia en el arranque de la historia. La primera parte es un plano secuencia que muestra una oleada humana que sale y entra en el metro de Madrid. En primer plano, un señor con un paquetito en la mano que saluda con una reverencia a una señora y luego se dirige a la entrada del metro haciendo creer al espectador que podría ser el protagonista. Pero no, porque a continuación vemos, entre el gentío, a un obrero que carga con una espantosa estatua de la Virgen, y a otro señor con pinta de funcionario de clase media, que se dirige a la mesa de una terraza en la que le espera otro individuo. Por su conversación entendemos que están negociando la compraventa de un coche de segunda mano. Entran en plano el brazo y la mano de un niño con un platillo de pedir dinero para un organillero rubio al que enfoca la cámara sin perder de vista al conjunto. El campo sonoro también se abre y se llena de ruidos de coches, silbatos de policías, gritos de camareros y clientes, y aviones que cruzan el cielo. Y en ese entorno callejero y abigarrado comienza la acción: negativa destemplada a las peticiones limosneras del niño, expulsión violenta por el camarero y detención por el policía. En estos momentos sabemos muy poco de los protagonistas, pero es mucho lo que se nos dice de la sociedad en la que viven. El niño le dice al guardia: “Como no tenemos quien nos defienda... más le valía detener a los malos de verdad...” Simultáneamente, el policía le exige los papeles al Hipólito Muñiz, el organillero, el cual le enseña el documento de identidad, el certificado parroquial de buena conducta y el justificante de la revista militar. A pesar de tan sumiso comportamiento, el policía le multa por “ruidos molestos” y le requisa el manubrio, mientras la cámara muestra el caos sonoro de silbatos y tubos de escape. El plano se abre con la marcha del organillero, el niño, el organillo y su burro perdidos en un mar de vehículos que pitan y amenazan a unas criaturas que no son de ese mundo. Contraste de personajes: unos, inocentes perdedores condenados a ser víctimas de los otros, los antagonistas, que les impedirán vivir en un mundo de burócratas y pícaros sin otro valor moral que no sea la mera supervivencia. Hipólito, el rubio organillero, y el niño que le acompaña son los protagonistas de esta fábula en la que encarnan al leñador de La Fontaine. Su problema no es traslado de la leña sino conseguir su manubrio, tan necesario para hacer sonar la música y conseguir algunas monedas para ir tirando. En pocos minutos, Berlanga nos ha hecho llegar su opinión sobre las miserias e injusticias del ser humano en una sociedad inmoral en la que no hay libertad: la España franquista.

El resto de secuencias siguen el mismo tono de los filmes del neorrealismo italiano, al que tanto admiró Berlanga. El inspector de las oficinas de requisa (Agustín González) es una caricatura del funcionario casposo que pincha globos con forma alargada porque son “inmorales”, y no solamente no devuelve al pobre Hipólito su manivela, sino que le pone varias multas más. EL diálogo entre ambos adquiere tonos surrealistas, que evidencian lo absurdo de la situación y ridiculizan los valores sociopolíticos de una España sometida a la tiranía de la dictadura y a la estupidez:

- HIPÓLITO: Sin manivela no consigo dinero y sin dinero no podré pagar las multas para recuperar la manivela.
- FUNCIONARIO: ¿Qué quieres, un mundo sin leyes? [...] ¿qué harías tú sin su tutela, eh?
- HIPÓLITO: Pues lo de siempre, tocar el organillo...

Las secuencias siguientes se desarrollan en el Rastro y en la Feria. En ellas crecen las desventuras y desdichas del organillero por conseguir un manubrio. El infeliz Hipólito se pasea por una especie de corte de los milagros llena de desechos y miseria: los listillos que venden inventos imposibles, las monjas que sólo entienden la caridad para sí mismas, y toda una serie de pícaros que sobreviven como pueden.Todos engañan al organillero, que acaba perseguido y golpeado por las pelotas de un pim-pam-pum que se llama “Tiro español”. La nota caústica la pone Berlanga en boca de unos hombres que contemplan la escena desde la barra de un bar: “No le pegues, que hay extranjeros y luego dicen que somos unos salvajes” Sin comentarios.

Las cuatro verdades


Y la ternura no falta tampoco cuando la joven y bella Juliana le apaña un manubrio con retazos de hierros atados, aunque el desgraciado periplo de Hipólito continúa en las piscinas municipales. Allí se despacha Berlanga ironizando sobre la fanfarronería del españolito que presume sin motivo desde lo alto del trampolín, y con episodios de un humor surrealista como el del buzo emergiendo del agua, amén de otros más grotescos como el de las defecaciones del burro del organillo sobre la tortilla de los domingueros. Uno de los planos más conseguidos es el gran picado tomado desde lo alto del trampolín y que transforma la piscina en un inundado campo de plantas negras, cucarachas o gusanos. Este episodio finaliza con un plano insólito que representa el absurdo del mundo al revés: cuatro fornidos gimnastas llevando en brazos al burro y trotando a golpe de silbato.

Lo macabro del humor negro también tiene cabida en este manifiesto berlanguiano que sólo dura 20 minutos. Se trata de la secuencia del matadero con las reses girando colgadas de sus poleas rodantes, destino final del malogrado pollino. El final nos obsequia con una imagen del desgraciado Hipólito tirando de su organillo en un paisaje seco, árido, plano y estéril. Es un territorio sin plantas ni árboles donde la línea del horizonte sólo se rompe por solitarios postes de la luz. Allí tiene lugar la rendición de un solitario Hipólito que, impotente ante la adversidad, arroja el organillo a una hondonada y se dispone a colgarse de un poste metálico. Ése es el momento de la llamada a la Muerte, que en el disparatado pero coherente relato de Berlanga, está representada por un coche fúnebre guiado por caballos. Sus ocupantes ayudan a Hipólito a sacar el organillo del hoyo y a engancharlo al carruaje, pero aparece la Guardia Civil y se lo prohibe, con lo que vuelta al principio, a la soledad del caminante que arrastra su carga. Su figura se hace pequeña en la inmensidad del paisaje seco, estepario y desértico. En resumen, todo un fresco social y político más allá del análisis psicológico de los personajes. El protagonista de la versión fabulada de Berlanga no es el pobre organillero, remedo del leñador del cuento, sino la sociedad entera, representada a través de sus hiperbólicas miserias, transformadas por efecto de la mirada deformante del director en un paródico esperpento valleinclanesco.



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