martes, 23 de marzo de 2010

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Crítica de Un profeta

Añoranza del padre 1 2 3 4 5
Escribe Marcial Moreno


Cartel de Un profeta
Poco después de la irrupción de la Celda española, y un poco tras la estela de su éxito, ampliado más tarde con un puñado de Goyas, llegaba otra película de género carcelario, Un profeta, avalada a su vez por el reconocimiento en Francia, su país de origen. Ni el cine de prisiones, tan cansino la mayoría de las veces (justamente el francés parece el que más ha mantenido históricamente el buen tono. Recordemos Un condenado a muerte se ha escapado o La evasión), ni el precedente español invitaban al optimismo. Sin embargo Un profeta vence ambos prejuicios y se alza como una película modélica, espléndida.

Lo primero que hay que señalar es que sus méritos trascienden el marco en el que se inscribe. Como ocurre siempre con las grandes películas, el género al que pertenecen no es un corsé sino una plataforma para alcanzar una dimensión global. Y no exageramos si decimos que Un profeta consigue, desde la cárcel, aunque sirviéndose de ella sólo como recurso formal, fundar un mundo. Lejos de quedarse reducida a la anécdota más o menos escabrosa del deambular de los prisioneros, la película apunta a una realidad desligada de coordenadas espacio-temporales, genérica, espejo en el cual reconocerse y advertir el universo que habitamos.


Un profetaLa supraestructura en la que se sitúa el relato es la construida por la sucesión de dos épocas, de dos tiempos, el que llega a su fin y se resiste a morir, y el que, casi sin quererlo, por su propia pujanza, está obligado a ocupar su lugar. Los corsos son los dueños de la prisión. Su jefe es ya mayor y el esfuerzo necesario para mantener su autoridad es cada vez más grande, y cada vez la desproporción entre sus posibilidades y sus necesidades se hace más evidente. Por el contrario los árabes representan el nuevo poder, el cual inunda el medio de forma casi natural, sin alardes, pero sin contención posible. Son más jóvenes y pertenecen a una época que es distinta, que se muestra ajena a las viejas maneras de entender el poder. Los intentos desesperados de César por mantener su autoridad acabarán convertidos en sucesivos jalones de su decadencia: su propia imagen, con esa sutil pero progresiva degradación, así nos lo indica. Y, como casi siempre ocurre, la destrucción de un paradigma toma la forma de autodestrucción, mientras el nuevo ocupante espera tranquilo el momento de tomar posesión de su reinado.


Este es el marco general, la línea narrativa básica. Pero bajo ella se contienen momentos de honda sapiencia cinematográfica y magníficos detalles que nutren la complejidad y fecundidad del discurso. Es el caso del tratamiento que se hace de la violencia carcelaria. Sin ser exhibicionista, no se permite la más mínima concesión, la más recóndita vía de escape. El proceso que lleva a Malik al primer asesinato posee una fuerza descomunal, siendo capaz de generar, casi más en la soledad del autor previa al crimen que en el crimen mismo, una angustia extrema. Al mismo tiempo ilustra magníficamente lo que significa una verdadera sustracción de la libertad más allá de la presencia de los muros y las rejas: Malik se ve obligado a realizar algo que no quiere hacer, y ninguna decisión suya podrá impedir que recorra el camino que otros han trazado por él. El libre albedrío completamente aniquilado. Al mismo tiempo queda patente, en toda su crueldad, la dimensión profunda de la corrupción del sistema, la imposibilidad de encontrar justicia en un ámbito radicalmente injusto. El detalle de la confiscación del dinero al entrar en prisión al mismo tiempo que se advierte al recluso de la necesidad de disponer de él en la cárcel (¡para comprar comida!) adelanta ya, mediante uno de esos detalles sutiles pero de un valor extremo, la hipocresía del sistema que más adelante comprobaremos en todo su esplendor. Es entonces, cuando la llamada desesperada de Malik para escapar a lo inevitable se muestra inútil, cuando la película adquiere un tono sombrío difícil de superar.
Un profeta
Es muy interesante el modo en que se establece la continuidad entre el mundo de la cárcel y el exterior. Sin obviar nunca la presencia de la prisión, la normalidad de lo que allí ocurre no permite establecer diferencias radicales con la calle. Vemos que la comunicación con los de fuera es fluida, que los internos (los corsos) disponen de todo lo que necesitan o desean, y que el poder se ejerce, al igual que en el exterior, sin límites. La sorprendente escena de la prostituta llevaría esa normalidad a la máxima expresión. Incluso la aparente facilidad para entrar y salir de la cárcel sirve para mostrar el continuo, cuando no lo indiscernible, de los dos ámbitos.
Un profetaPero esa proximidad es, por otra parte, también lejanía: la que se da entre el mundo real y el oficial, entre las intenciones y los hechos. El detalle del acercamiento de los presos corsos a sus lugares de origen no representa en el fondo una ventaja, un alivio de su situación, sino el principio del fin de su poder. Del mismo modo el calabozo, pensado como elemento de castigo, se convierte en herramienta al servicio del crimen, de la venganza.


Con todo hay que esperar al final de la película para encontrar su verdadero sentido. No su explicación, porque nada se explica, pero si la pieza que completa y da significado a lo anteriormente narrado. Ahí entendemos cuáles son las verdaderas motivaciones de Malik, el desprecio por los oropeles y el poder material en favor del cariño que siempre ha buscado, por el que no le importa dormir en un sofá de un angosto apartamento y renunciar a la opulencia que a partir de ahora le escoltará. Entendemos entonces la carencia que le lleva a ponerse al servicio de César, el padre que nunca tuvo, y por el cual se humilla a cambio de nada, de nada tangible al menos. Entendemos también la necesidad de encontrar una lengua materna de la que carece, su aprendizaje del corso, y su desilusión cuando este gesto es despreciado. Entendemos el despecho de quien ve su amor traicionado, y entendemos la ferocidad de su venganza. Entendemos, en fin, que si no se pudo tener un padre cabe al menos ejercer de tal, devolver el padre a quien lo acaba de perder. Y lo demás no importa.


4 comentarios:

  1. ¿Acaso el "prota", gran "capo", es familiar de un tal Aznar al que padecimos estoicamene? Un "rostro" parecido. ¿Será su identicación con Benjamin Button? Que cosas.

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  2. ¿Padecimos a Aznar? Pues entonces lo de ahora ¿qué es?

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  3. La diferencia es que ahora "padecemos" una situación muy desagradable en gran medida provocada por una mala persona como Aznar y sus correligionarios neocon, pero pésimamente conducida por alguien incapaz de desmarcarse a tiempo de aquello que la provocó.
    La diferencia está entre tener que elegir entre un iluminado peligroso y un incapaz con "buenas" intenciones.
    De todos modos, que ahora padezcamos no implica que antes no lo hiciéramos, y mucho.
    Ahora, al menos, no hemos de sufrir la egolatría de un personajillo insufrible.
    Las elecciones dirán si luego nos tocará "padecer" además a un incompetente indeciso incapaz de gobernar su propio partido.
    Qué pena de políticos!

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  4. Curiosamente, el nombre de ese padre que representa el mundo antiguo es Cesar y será traicionado por su "hijo" (Malik/¿Bruto?).

    La escena final es hermosa, paseando con los escoltas detrás. Me ha recordado a El Padrino, cuando Al Pacino pasea con su esposa italiana, y los escoltas van detrás de ellos. Un profeta, es desde luego, una gran película.

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