lunes, 1 de marzo de 2010

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¡Vivan los novios!

Escribe Ferran Ramírez

Una muerte anunciada

¡Vivan los novios!¡Vivan los novios! está considerada por gran parte de la crítica como una de las peores, sino la más nefasta, película de Luis García Berlanga. Por ello, esta comedia negrísima tiene ese halo de filme maldito por tratar la contraposición de Españas: la del turismo jovial con irrefrenables pulsiones sexuales y la España más carrinclona, esa que tanto se ha vituperado a lo largo de la historia del cine patrio.

El reto estaba claro para su realizador y su guionista habitual, Rafael Azcona, construir un argumento clásico del cine español más casposo, donde el protagonista masculino hiciera las veces que podían hacer Fernando Esteso o Andrés Pajares en otros filmes de indudables coincidencias argumentales. Dicho protagonista debía de ser el cateto a la española que se dejaba perder por unas faldas extranjeras y el entorno soleado debía ser el equivalente al mítico Torremolinos. En este caso, el marco lo sirve la incomparable ciudad catalana de Sitges. El epicentro varón de la acción, no obstante, no sería el simple chistoso majete sin trascendencia sino que debía ser de un patetismo extremo, alguien a quien la vida estuviera castigando por sus buenas maneras y a quien el entorno le azuzara sin tregua.

Leonardo (José Luis López Vázquez), un hombre corriente empleado en un banco de provincias, acude con su madrea Sitges con la intención de contraer matrimonio con Loli (Laly Soldevilla) con la que lleva años de relaciones formales. Sus frustraciones le empujaran a querer echar una cana al aire la noche antes de su boda, lo que llevará a vivir una noche más aciaga de lo que cabía esperar. Durante el transcurso de la misma, conocerá a una joven y preciosa muchacha extranjera de la que se prendará sin remedio y descubrirá a la mañana siguiente que su madre ha fallecido. Ante el suceso, su mujer y su cuñado deciden no posponer la boda y ocultar el cadáver durante un día para poder celebrar el funeral al día siguiente. Leonardo se verá instado a aceptar las desgracias que le han sucedido y que le quedan por suceder.

Leonardo, un perfecto José Luis López Vázquez -quien ya había iniciado su veteranía con Berlanga en Novio a la vista- es la encarnación perfecta de la mediocridad y del fracaso; de un hombre que nunca conseguirá nada y que se dejará sucumbir a las circunstancias. Bonachón y abnegado, Leonardo es el cliché sobre el que sustenta el filme, que a su vez está erigido sobre una serie de tópicos interminables. A saber, el cuñado graciosillo, la mujer marimandona, las nórdicas despelotadas y desinhibidas aficionadas al sexo libre, el enclave vacacional que propicia el libertinaje y un encadenado de enredos pueriles que ponen la nota de acción al paquete.
¡Vivan los novios!


La contradicción como base

Por supuesto, con este conjunto de referencias, ¡Vivan los novios! sorprende y disgusta a partes iguales. Sorprende porque casi parece que la intención de Berlanga fuera coger ese subgénero del cine del españolito obcecado en tirarse a la mítica rubia sueca e invertirlo en algo mucho más degenerado y terriblemente oscuro. Disgusta porque el filme en sí mismo es una generación del propio cine de Berlanga, que se nutre de todos los lugares comunes habidos y por haber de la comedia española más pueril. Tanto es así que, por momentos, se puede considerar al filme como un derroche de chabacanería absoluto cuyo objetivo único es ennegrecer la vida de unos protagonistas condenados al infortunio y a una vida deprimentemente gris, en medio del jolgorio sexual de una localidad costera.

Porque ¡Vivan los novios!, ya lo hemos apuntado antes, es una obra basada en la contraposición de elementos: la ciudad de playa y sol que refleja el boom turístico de aquellos años se opone al provincianismo enclenque de sus protagonistas principales; las guapas figuras estilizadas de hombres y mujeres extranjeros se enfrenta con los cuerpos imperfectos de la medianía española; el conservadurismo en la relación entre Leonardo y Loli se ve las caras con el destape impúdico y las relaciones sexuales libres de los nórdicos ocupantes; la boda lucha contra el funeral; los intereses de Loli y su cuñado difieren del desinterés de la joven pintora de la que se enamora Leonardo…y así podríamos seguir el listado. Porque eso es el filme, un dechado torrencial de paralelismos deprimentes que no hacen sino demostrar la personalidad apocada y desafortunada de un pobre hombre.

Pero si bien queda claro que el guión pretendía ser un río de torpedos envenenados contra la sociedad española, también queda claro que la obra está trazada a brochazo grueso, sin pararse a perfilar en nada, lo que perjudica claramente su desarrollo. Por supuesto, es una obra coherente dentro de la filmografía de Berlanga por tratarse de un producto, aunque menor, con esa mala uva indestructible que tanto le ha caracterizado. De hecho, Berlanga siempre ha defendido esta obra ante el ataque del sesudo experto. Además, ¡Vivan los novios! era el primer filme en color de Berlanga. Por supuesto, se le pedía más al tratamiento cromático que el filme ofrecía. En efecto, Berlanga declaró que su intención, pese a rodarla en color era que el filme fuera el reflejo en tono y vivacidad de las comedietas españolas de la época. Él y Azcona siempre tuvieron claro, por mucho que se estrenaran en el cine colorido, que ese aspecto sería ofrecido con la mayor liviandad. Pese a ello, la crítica del momento adjudicó sus consideraciones negativas a su abandono del B/N y no les faltaba cierta razón. Las posibilidades cromáticas que ofrecía la ciudad de Sitges, con su arena iluminada, sus calles teñidas de blanco y unos turistas en plena forma podían sin duda haber ofrecido mucho más.

La historia negra

¡Vivan los novios!, por extraño que pueda parecerla a quien no lo sepa, fue al festival de cine de Cannes de 1969, en sustitución de El jardín de las delicias de Carlos Saura. Pese a que Berlanga juró y perjuró que su filme no debería haber ido a Cannes simplemente porque no era una película “de festival” y que toda la responsabilidad era de su productor Cesáreo González, fue acusado igualmente por Elías Querejeta de haber manipulado el tinglado para acudir al certamen. Además, y según las propias palabras del realizador, nunca estuvo claro si el filme estaba a concurso o fuera de la competición oficial, algo inaudito dadas las circunstancias. En Cannes, la película fue recibida como si hubiera sido una imposición del régimen franquista. Por supuesto, a Franco, el filme no le había hecho ni pizca de gracia. Por descontado, si ya el filme había tenido una recepción crítica negativa, este entramado festivalero engrosó la leyenda negra del filme.

¡Vivan los novios!


Cambiando de tercio, pero también formando parte de ese halo de maldición que rodeaba a ¡Vivan los novios!, resulta que la obra formaba parte de un ciclo sobre la mujer como devoradora, como personaje pernicioso y manipulador. La boutique (1967), su filme anterior, era la primera parte; la que hoy nos ocupa fue su segundo jalón y debería haberse rodado una tercera cinta que nunca se llegó a hacer. Berlanga nunca aclaró el motivo verdadero de no haber rodado A mi querida mamá en el día de su santo y haber pasado directamente a la que se suponía que era la cuarta obra dedicada a este ciclo, Tamaño natural (1973). En realidad, una muñeca de plástico era la devoradora en aunque pocos admitieron la verosimilitud de que este filme formara parte del anunciado ciclo. En realidad, las malas lenguas advirtieron que las críticas que fueron vertidas hacia La boutique y las que para colmo recibió ¡Vivan los novios!, fueron la llama determinante de abandonar un ciclo que sólo estaba dando quebraderos de cabeza.

¡Vivan los novios!, por si todo esto no hubiera sido suficiente, fue tildada de haberse rendido a las estructuras industriales y consumistas de la época pues no dejaba de ser una comedia al uso pero una gran dosis de cianuro estilo Berlanga, y encima, la película supuso uno de los grandes fracasos de público de la historia del cine berlanguiano. También hubieron múltiples problemas en el rodaje: la actriz protagonista no convencía a los productores y éstos, además, se negaron a la petición de Berlanga de alargar el rodaje unos días más. Todo el episodio que rodeó la producción y posterior estreno del filme estuvo teñido de negro araña. Como la forma arácnida que adquiere el cortejo fúnebre en la última secuencia del filme. Quizás la más terrible de todo el filme, donde López Vázquez acepta su miseria y sabe que la infelicidad reinará para el resto de sus días. Igual que el infortunio de su personaje protagonista, parecía todo un presagio para lo que sucedería con el filme pues se trataba de una muerte anunciada.



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