martes, 13 de abril de 2010

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Crítica Corazón rebelde (Crazy Heart)

La fe mueve montañas 1 2 3 4 5
Escribe Luis Tormo

Cartel de Corazón rebelde
La mítica del perdedor funciona como un mecanismo de relojería que el espectador (re)conoce inmediatamente en la pantalla. El esquema es válido para referirnos a un jugador de béisbol, una estrella del cine o un cantante donde los elementos característicos son un talento desperdiciado por el orgullo o la vanidad, problemas de drogas o alcoholismo, matrimonios rotos, hijos desconocidos, amistades desperdiciadas y oportunidades perdidas en el camino. Es la figura del perdedor que se puede modelar con diferentes aderezos, en unos casos tenemos a un personaje que no conoció el éxito y en otros casos tenemos a una vieja gloria venida a menos donde el sufrimiento es mayor pues el personaje llegó a disfrutar de las mieles del éxito para posteriormente verse abocado a un declive.

Corazón rebelde (Crazy heart, 2009) se aferra a este modelo para contarnos la historia de una vieja gloria del country, Bad Blake (Jeff Bridges), un hombre con 57 años que se desplaza con su viejo coche por pueblos y ciudades pequeñas para tocar en tugurios: carreteras polvorientas, alcohol, relaciones esporádicas y una vida profesional alejada de los antiguos oropeles. Una música que nos suena pues hemos tenido un ejemplo reciente en la meritoria El luchador (The Wrestler, 2008) el filme dirigido por Darren Aronofsky. Si realizamos un imaginario trueque entre el mundo de la lucha americana y el de la country music que presentan ambas películas el esquema argumental coincide al milímetro: pasado glorioso, un hijo con el que no mantienen relación, una mujer capaz de redimir al héroe aflorando el orgullo pasado, etc.

Corazón rebelde
Pero mientras en el film de Darren Aronofsky la ética del fracaso se justificaba plano tras plano, en Corazón rebelde es el diálogo el que insiste en justificar el declive de Bad Blake. Parece un detalle insignificante pero a la postre es lo que marca la diferencia entre decir y sentir. Intuimos el pasado del cantante, sabemos del dolor del personaje por lo que se nos dice pero no porque se desprenda de las imágenes pues pasados los primeros quince minutos donde se relata la agonía de tener que tocar en una bolera ante un público que está allí por otras razones, el filme se desliza entre una serie de tópicos, que son necesarios para que el guión avance, pero que no terminan de cuadrar en la historia final. Sabemos que el personaje debe de conocer a una mujer, en este caso la periodista que quiere entrevistarle, pero no sabemos porqué un hombre errante se aferra de pronto a una vida tradicional (una ciudad mediana, mujer separada con un hijo). Minutos antes se nos había mostrado como tras la finalización de un concierto Bad Blake acababa en la cama con una mujer y una botella, sin embargo, de pronto, rechaza la invitación para una noche de amor con el objeto de prolongar una entrevista con esta periodista. Viene bien para la historia pero no cuadra en el personaje que pasa de confesar que no conoce a su hijo a jugar tiernamente con el hijo de la periodista, entendemos que la figura femenina representada por el personaje de la periodista (Maggie Gyllenhaal) es el elemento de inflexión en el guión pero su existencia se viste de cierta artificialidad.

Corazón rebeldePero no sólo es que los personajes o las situaciones aparezcan de una manera repentina (la forzada escena de la desaparición del niño o la lastimosa presencia del secundario interpretado por Robert Duvall, ser productor no implica necesariamente tener que aparecen en pantalla) sino que la historia se traiciona a sí misma negando las afirmaciones efectuadas con anterioridad. Veamos dos ejemplos que pueden ayudar a entender mejor este comentario. El viejo cantante describe a su antiguo alumno, que ahora es una estrella de la canción, como una especie de ser maligno que lo traicionó en su momento, es por ello que no quiere saber nada de él, no quiere mentarlo en la entrevista ni mucho menos aparecer como telonero en sus conciertos, situación que no se resuelve hasta que el agente de Bad Blake le obliga a aceptar esos conciertos con la nueva estrella emergente del country como forma de subsistencia elemental. Sin embargo, cuando la película presenta a ese cantante que esperamos engreído y aprovechado, lo que vemos en las imágenes es un personaje (Colin Farrell) reflexivo, que justifica su actuación al abandonar a la otrora gran estrella, que le ayuda saliendo al escenario cuando el telonero es silbado por el público asistente al concierto y que termina ofreciéndole un contrato con unas inmejorables condiciones que facilitaran que Bad Blake retome su vida profesional de una manera digna escribiendo canciones.

Un segundo ejemplo lo tenemos en la adicción al alcohol de Bad Blake. La botella y los tragos le acompañan desde las primeras imágenes y son el sustento para soportar una gira miserable y una soledad que se palpa en las habitaciones de los moteles baratos por donde deambula el viejo cantante. Está claro que el declive y los fracasos se han acrecentado como consecuencia de la ingesta masiva de alcohol. La bebida le persigue mientras toca, desde que se levanta hasta que se acuesta y al final es esa bebida la que justifica la ruptura de Bad Blake y la periodista. Sin embargo, ese problema de alcoholismo que está asimilado al modus vivendi del personaje principal desaparece de la noche a la mañana simplemente con asistir a una clínica de rehabilitación. De repente, Bad Blake ya no bebe, frecuenta bares de copas por su trabajo, sufre golpes duros en su relación personal, pero ya es capaz de desenvolverse a la perfección sin necesidad de beber. Otra vez es necesario para la evolución de la historia, pero no cuadra con lo que se nos había estado contando con anterioridad.

Corazón rebelde

Llegados a este punto, la única explicación que cabe a esta película es considerarla como una historia de redención con una lectura cuasi religiosa. Para empezar nos fijamos en el nombre del protagonista, Bad (Malo) Blake, un personaje que tras una vida de excesos (no hizo como su pupilo que supo parar a tiempo, salvar su matrimonio y por eso es recompensado con el éxito), es castigado con la perdida de todo aquello que estima, tanto a nivel profesional como personal, hasta que llegado a ese punto donde parece que no hay retorno, aterriza en la ciudad de Santa Fe. Ciudad con nombre muy significativo en la que nuestro protagonista se dará cuenta de que tiene que cambiar, la aparición de la posibilidad de contar con un núcleo familiar facilitará su reinserción. Es como asistir a un milagro. Meses más tarde, Bad Blake está regenerado, ya es capaz de generar un dinero que ofrece al hijo de la periodista y a pesar de que el happy end no es completo, intuimos que el viejo cantante ya no incurrirá en errores pasados. Así es la fe verdadera y así se manifiesta su poder.

¿Qué nos deja, entonces, este Corazón rebelde? Los primeros quince minutos del filme donde se dibuja el declive del viejo cantante, la recreación del personaje de Bad Blake por un inmenso Jeff Bridges que compone un retrato que bebe de múltiples fuentes que van desde el aspecto físico que recuerda a Kris Kristofferson hasta la propia imagen de Jeff Bridges, un actor al que hemos visto crecer en la pantalla y ahora se muestra como los grandes actores en plena madurez, y algunos trazos emotivos que se desprenden de la historia de amor entre el cantante y la periodista.


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