martes, 6 de abril de 2010

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La Vaquilla. Sollozos de España

Cartel de La Vaquilla
Refiere Jonathan Glover en su monumental y magnífica obra Humanidad e inhumanidad, una historia moral del siglo XX, numerosos casos de laxitud o incluso abandono de todo ardor guerrero por parte de soldados atrincherados en la batalla de Paschendale, durante la primera guerra mundial. Se dice que los oficiales que visitaban el frente asistían atónitos al espectáculo de sus soldados “intercambiando cigarrillos, aguardiente y chocolate con el enemigo” El pasmo debió ser colosal cuando se enteraron de que combatientes escoceses hicieron un balón de fútbol, y tras marcar las porterías con sombreros de uno y otro bando, acabaron por jugar un partido que como todo el mundo puede imaginar y haciendo honor a la tradición, acabaron ganando los alemanes. Con todo, la anécdota de la jornada fue el descubrimiento cultural por parte de los teutones de que los escoceses no utilizaban calzoncillos debajo de las tradicionales faldas con las que, también, acudían al frente.


El grado de confraternización fue tal en los largos interludios entre las batallas de la guerra de trincheras, que incluso los “enemigos de ayer” llegaron a celebrar comidas y cenas navideñas los unos en las fortificaciones de los otros, con el grado de relajo que puede suponerse en una tropa de muchachotes casi adolescentes.

La conclusión de Glover viene a ser esperanzadora: la brutalidad de la guerra y la consecuente deshumanización del hombre no puede ser tan efectiva como la natural sociabilidad que lo caracteriza; al cabo del tiempo, del abandono de la propaganda y la incitación a la muerte, de la euforia bestial y la sed de sangre, del cansancio en una palabra, surge la respuesta humana de la empatía y acaba por verse que los enemigos del frente no son sino desconocidos con nuestros mismos temores. Una mínima racionalización, o incluso un total abandono de la misma, nos lleva a concluir que nada debe enfrentarnos por encima de todo aquello que nos une. En ese preciso instante surge el absurdo de la guerra, cuya constatación es el mayor temor al que se enfrentan los Estados Mayores. La socialización negativa, funesta, ha fracasado; no puede mantenerse una enemistad artificiosa sólo con consignas lejanas que resuenan en la retaguardia y que adolecen de irrealidad en el frente.

La Vaquilla, decimonovena realización de Luís García Berlanga, parte de un supuesto sólo en apariencia semejante: el intercambio de cigarrillos y papel en un frente aragonés estancado, más fruto de la molicie que de la falta de enemistad manifiesta, responde sólo a la imperiosa necesidad de matar el rato fumando. Berlanga, que ha conocido bien la guerra en al menos dos escenarios (el de la confrontación civil al que refiere su película y el del frente ruso de la división azul, junto a su compañero y amigo Luis Ciges) sabe perfectamente que el odio que alimenta el conflicto entre nacionales y republicanos no responde a una animadversión puntual alimentada por los jefes de cada uno de los dos bandos en conflicto… Más bien ha sido el atavismo de esa animadversión lo que ha propiciado el estallido de una guerra que no puede considerarse la única en la historia de España que reúne características similares. Así pues, lo que Berlanga quiere mostrar es cómo ese intercambio de cigarrillos y papel no responde sino a la necesaria colaboración social de dos facciones que no se soportan, pero que están condenadas a entenderse, dado que comparten un territorio.




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