viernes, 21 de mayo de 2010

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Crítica de Baarìa

En busca de la infancia perdida 1 2 3 4 5
Escribe Carlos Losada
Baarìa

Previas disculpas a Marcel Proust por utilizar el sentido de su hermoso título, compendio de parte de los libros más fascinantes del siglo XX. Pero me venía francamente bien, y a Tornatore más, para ir en busca de esa infancia, que tanto significa para todo ser humano en cualquiera de sus facetas, y que en el caso que nos ocupa ya viene de antaño.

Es indudable que con Giuseppe Tornatore volveremos siempre a la infancia para encontrar, no solamente las raíces que nos hacen vivir y soñar, sino la médula incuestionable de nuestra manera de enfrentarnos a la vida y hasta de cómo debemos vivirla. Lo demostró en la estupenda Cinema Paradiso, al margen del entrañable homenaje al cine que la película representa.

BaarìaEn esta ocasión, con Baarìa, la indagación va más lejos, pues parte de la realidad del propio Tornatore, cuando a los 28 años abandona la ciudad siciliana del mismo nombre para adentrarse en otros mundos e indagar sobre nuestra naturaleza, implicándose en la consecución de cómo se relaciona el hombre con el cine, llegando a los resultados que estamos conociendo con el estreno de Baarìa.

Y así estamos ante un entramado que abarca desde 1930 hasta 1980, en la provincia siciliana de Palermo, donde está Baarìa. La primera parte de la película, por decirlo así, puesto que toda ella tiene una continuidad natural, es espléndida, porque refleja con bellas y acertadas imágenes, algunas casi terribles y que provocan miedo, la vida cotidiana en ese pueblo, y la imaginación del protagonista –alter ego de Tornatore- al llegar siempre a tiempo –volando incluso-, antes que nadie, y que va conociendo “en unos pocos cientos de metros” todo el mundo que se abre a su alrededor y la experiencia que eso representa.

Y ahí está la llegada del fascismo musoliniano, que producen terror en el espectador de hoy, porque entiende y ve cómo se las gastaban esos desalmados, vociferantes y peligrosos facinerosos, similares a la falange que por aquí hemos tenido -¿o aún tenemos?-. La fuerza de estas imágenes, sus decorados, caras y personajes, es lo mejor del film.

Una vez que han desembarcado los americanos, dado con una contención encomiable, se inicia lo que podemos llamar la segunda parte, con la reconstrucción del estado italiano presidido por la democracia y espiado por los mafiosos y sus negocios. Con la llegada de la política, y nuestro protagonista inmerso en ella, participamos de las circunstancias que las formaron, desde el partido comunista a la democracia cristiana, que es de un especial valor histórico.

Lástima que llegados a este punto Tornatore se enrede con el devenir de los acontecimientos y repita planos y hasta situaciones que lastran el transcurrir de la película. Nos queda a estas alturas el buen hacer de los actores, y diría que casi admirable en nuestra Ángela Molina, que asimiló muy bien el personaje de una mujer de pueblo siciliana, dándole un empaque auténtico y tierno.

No pensamos que Tornatore se haya equivocado con su visión de la vida en la Baarìa de aquellos años, y las gentes que la poblaban; sencillamente, hay la impresión que de la infancia, perdida y recuperada, con el acierto que eso significa, llegó a un punto que la visión de los acontecimientos más recientes le queda aún cercana para valorarla con la ecuanimidad y la intención que le condujo a la infancia. Porque aunque esté bien realizada toda ella, la sabiduría del principio –la infancia- no se manifiesta en la edad adulta, cuando su alter ego tiene que capear solo el temporal, porque las agarraderas de ayer no le convencen en ese mundo de los ochenta en que vive.

BaarìaDe todos modos, recomendamos Baarìa, porque aporta una visión sincera y elocuente de unos años difíciles, y porque esboza otros que hubieran llegado a mejor comprensión si no insistiera en enseñarnos, casi siempre en la misma dirección, cómo se formaron los partidos políticos en la Italia de aquellos años. Y aunque es buena la intención, no hay que cansar con secuencias que sobran.

Giuseppe Tornatore sigue dando muestras estupendas de su talento y nos demuestra que su infancia es tan importante para él como para nosotros. La búsqueda de dicha infancia, a la que tal vez hubiera querido volver –como tantos de nosotros, aunque sólo sea por la carga de inocencia que conlleva- no ha sido en vano.


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