martes, 18 de mayo de 2010

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Crítica de Carancho

Viaje al fondo de la noche 1 2 3 4 5
Escribe Gabriela Mársico


Carancho

Carancho, último filme del director Pablo Trapero, es un policial negro, sórdido, asfixiante y de una intensidad apenas soportable, pero, y sobre todo, es una historia de amor tan dura e impiadosa como feroz, y por supuesto, condenada, desde un principio, al fracaso, al mejor estilo de la tradición del cine noir.

Una jungla de asfalto


CaranchoSosa (Ricardo Darín) es un abogado que se dedica a buscar y conseguir casos de víctimas de accidentes de tránsito. Alguien le pasa el dato y Sosa llega primero al lugar del hecho... Él trabaja para una fundación que se ocupa de estos casos y se dedica a cobrar el seguro de la víctima a quien sólo le dan una pequeña parte, porque otro tanto va para los policías y paramédicos, mientras que ellos, digo, la fundación, se queda con la parte del león. Sosa está atrapado en esta red de corrupción para la que debe trabajar, porque además ha perdido, entre otras cosas, su licencia, y si quiere la libertad deberá pagar un precio demasiado alto para recuperarla, hasta entonces deberá ser explotado y explotar a las víctimas que caen en sus manos...

Luján (Martina Gusman) es una joven médica que trabaja en la guardia nocturna de un hospital a bordo de una ambulancia que va a auxiliar a las víctimas que justamente Sosa más tarde atenderá, mientras ella trata de salvarles la vida, él se encargará de cobrar una indemnización, previo inventario de sus daños, se alimenta así de su destrucción, por eso lo de carancho...


Sosa y Luján se conocen en esas circunstancias, en medio de la destrucción física y moral, uno, haciendo un recuento pormenorizado de los daños, como en un campo de batalla, la otra, intentando reparar lo irreparable, pero los dos, al fin y al cabo, atrapados en su propia angustia, y es tanta la angustia que les corroe el alma que recurren al masoquismo corporal. Sosa necesita castigar su cuerpo (desde que se abre el filme hasta el final no deja de recibir palizas) quizás para darle alguna salida a esa angustia existencial, mientras que Luján, por su parte, necesita suprimir, ponerle fin a tanto dolor por eso se inyecta calmantes...


Sin embargo, hay un tercer protagonista: el dinero. El dinero es el que manda, el que gobierna la trama, el que mueve los personajes, el que los lleva hasta su destino final, la muerte irrevocable, que como en un círculo infernal vuelve a convertirse, lógicamente, en dinero. El dinero impone la moral y dicta la ley. El dinero que todo lo paga, le pone un precio a la muerte. Y le permite a los personajes, que luego devendrán cadáveres, escapar del estigma de la pobreza crónica, irónicamente y para su desgracia lo conseguirán después de su propia muerte. Todo está corrompido. La ciudad es una jungla. Y la muerte ronda en cada esquina, al igual que un carancho, buscando una presa, una víctima...


El infierno tan temido


En Carancho, a diferencia de Leonera, escuchamos la voz de los desamparados, en el sentido más estricto de la palabra. Los desamparados son los habitantes de cualquier barrio del conurbano bonaerense que están a la intemperie, no sólo física, sino y sobre todo espiritual.

Los habitantes del conurbano son cuerpos a la deriva, máquinas de carne, cuerpos que serán estropeados, desmembrados, aniquilados por otras máquinas asesinas (los automóviles que los atropellarán.)


Pero hay una maquinaria mucho mayor y más poderosa: los estudios jurídicos camuflados de fundaciones que lucran con su miseria, su desgracia, su indefensión, y finalmente con su muerte. Porque justamente ellos, las víctimas, tienen valor como cadáveres, como cuerpos son sólo mercancías en circulación, pero adquieren valor cuando se convierten en las víctimas de los accidentes automovilísticos, y la desalmada libertad de comercio, los incluye, una vez cadáveres, en su lista de precios...


CaranchoRecordemos la brutalidad de la escena en la que Sosa pacta con su amigo el simulacro de un accidente, previo acuerdo entre ambos, para que Sosa le quiebre una pierna, y luego, la presunta víctima, se arroje ante el primer auto que pase...


Algo sale mal. El amigo a quien Sosa le quebró la pierna, muere antes de dar curso a los trámites para cobrar la indemnización, y antes, claro, de ser auxiliado por Luján que presiente, que se da cuenta de todo...


Sosa sufre el impacto, y no precisamente del auto...


Sí, son los golpes, las conmociones, en última instancia las catástrofes los que nos permiten descubrir quienes somos. Sosa descubre quien es y quien no quiere ser. Pero ya es tarde. Siempre es demasiado tarde en un filme noir...

De todas formas, Sosa da un volantazo y da un nuevo giro a su vida que lo pone justamente en el camino opuesto del que venía andando, en el de los buenos, el de los redentores y los santos...

Pero como ya dije, es demasiado tarde, y Sosa no se da cuenta, o sí, pero a esta altura ya no le importa, que escaparle al destino es el modo más rápido de encontrárselo, al mejor estilo noir. Ya no hay escapatoria.


En este filme, especie de purgatorio urbano, oscuro, lóbrego, siempre es de noche, y cuando sale el sol, como ocurre en una escena, bajan la cortina para quedar a oscuras. Todo es tenebroso. Hasta podemos sentir el frío húmedo que cala los huesos. La guardia del hospital, lugar donde transcurre la mayor parte del filme, es apenas iluminada con una luz mortecina, es un espacio triste y ruinoso, donde entra gente herida o moribunda, sin muchas posibilidades de salir con vida.


La cámara de Trapero registra con fabulosos planos secuencias, pero también con primeros planos esta historia implacable, ajustada, precisa como un tajo, como una herida abierta por la que hemos de ver todo lo que se nos escapa, lo que irremediablemente no podremos recuperar… Porque esa cercanía que Trapero logra con los primeros planos de esos personajes arrasados por el espanto, o por la mismísima vida o eso que tanto se le parece nos pone frente a frente a una realidad ineludible: el escaso valor que tiene la vida, y lo oneroso que, a veces, resulta la destrucción y la muerte.


En definitiva, Carancho nos propone recorrer ese camino, por las calles de asfalto que llevan al infierno de hierros retorcidos y carne estropeada, cuyo destino final será una guardia de hospital en la que siempre alguien esperará sin mucho entusiasmo que ocurra lo menos pensado, por ejemplo, salvarse, mientras tanto Sosa y Luján no harán otra cosa que expiar culpas, buscando redención justamente allí donde no encontrarán más que desolación y muerte.


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