miércoles, 5 de mayo de 2010

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Crítica de Honeymoons

El rapto de Europa 1 2 3 4 5
Escribe Juan Ramón Gabriel

Cartel de Honeymoons
Revestida de documento antropológico y etnográfico (origen de los estudios estructuralistas europeos a partir de Lévi-Strauss), a la par que enunciada mediante un discurso realista de extracción televisiva (la cámara como un personaje más que envuelve y se desenvuelve entre los propios personajes) acorde con tal pretensión indagadora, se desarrolla esta última incursión en el tema de la inmigración, este relato de las vicisitudes por las que atraviesan unos personajes que abandonan su núcleo originario en aras de una consecución de realización personal, imposible de alcanzar en el entorno en el que les vio nacer y crecer.

Al mismo tiempo, en la narración de este periplo emancipador late un análisis político no sólo de las causas que motivan el desarraigo, del punto de partida, sino también de la Europa recipiente de las ansias de libertad, del punto de llegada.

Para evitar la explicitud política y el riesgo de la tesis o el panfleto, hay una presencia abrumadora de las costumbres atávicas y ancestrales que aherrojan el espíritu de los personajes protagonistas y les impiden su bienestar. Hay toda una dialéctica de la representación que rehúye el discurso maniqueo y la dicotomía fácil.

Por un lado, la contraposición política entre serbios y albaneses, con el problema de Kosovo como trasfondo bélico en disputa que exacerba los sentimientos nacionalistas.

Los primeros cuarenta y cinco minutos están protagonizados por albaneses; los siguientes treinta, por serbios. Se trata de dos historias paralelas, sin ningún tipo de entrecruzamiento formal y directo, pero con el mismo leitmotiv. Dos historias simétricas, protagonizadas por sendas parejas de enamorados.

Los albaneses pertenecen al mundo rural, a la Albania campesina, fronteriza con la secesionista Kosovo. Su mundo cerrado, incardinado entre profundos valles, sirve como icono de cualquier región compendio de la profundidad más acendrada de cualquier país. Con el pretexto de una boda en la capital Tirana, emprenden un viaje hacia la ciudad.


HoneymoonsEn el caso de los serbios, se invierten los términos dialécticos: un joven matrimonio urbano, habitante de la capital Belgrado, emprende un trayecto hacia la residencia familiar de la joven esposa, en la zona rural de Serbia, con idéntica finalidad: acudir a un enlace matrimonial.

La simetría entre los ritos ceremoniales de ambos pueblos es absoluta. Por ello es tan acendrado su odio.

El director y el guión se recrean en la puesta en escena de las dos bodas: se explaya en el costumbrismo antropológico antes citado. A través de las ceremonias nupciales y sus posteriores banquetes, especialmente, ofrece el retrato de una desintegración: de los modos de vida rurales frente a las nuevas costumbres urbanas, así como desliza el análisis indirecto de la desestructuración política de dos países ex-comunistas y que han abrazado con avidez el nuevo maná capitalista. La corrupción se ha enseñoreado de ambos: los nuevos magnates son los antiguos dirigentes sagazmente reconvertidos a los nuevos tiempos: los mismos perros con distintos collares. La ostentación de su poderío económico discurre por el cauce de la ordinariez y la horterada.

En el espectro albanés, hay un precedente que está inoculado en el origen de la descomposición familiar: el propio padre fue encerrado en su juventud por intentar huir de la Albania comunista. Sus hijos han heredado su ansia de libertad. Uno de ellos lleva tres años desaparecido, pues intentó la huida de manera clandestina. El hijo pequeño, aprendida la lección, enamorado de la novia del hermano ausente, que ha sido repudiada por su familia y que vive en una situación de tierra de nadie, emprende el viaje para poder casarse con ella. Sus motivos no son económicos: tiene preferencia el impulso amoroso y el ansia de encontrar un espacio en el que vivir su amor en libertad.

La pareja protagonista serbia son un joven matrimonio de clase media, licenciados, que no encuentran espacio para desarrollar su carrera profesional: él es un violoncelista que tiene una carta de invitación para realizar una prueba con la orquesta de Viena. Su salida se somete a los cauces legales preestablecidos. La desesperación no es el motor de su acción.

HoneymoonsAsimismo, a lo largo de la película, las imágenes de la televisión nos ilustran sobre unos asuntos de fondo que repercuten sobre los personajes, en especial en la tercera parte: un programa albanés sobre “Desaparecidos”, remedo del español “Quién sabe dónde” (Lobatón, Paco, en la primera de TVE), que ilustra sobre la diáspora de los albaneses (a Grecia, a Italia…); una aparición de Radovan Karadzic, mientras es juzgado por el tribunal de La Haya; un “incidente” en Kosovo, que causa la muerte de dos soldados italianos de las fuerzas de interposición allí desplegadas.

Los últimos veinte minutos muestran, alternativamente, la “arribada” de la pareja Serbia y Albanesa a la deseada Europa; mejor, a los puestos fronterizos de Europa, a dos espacios liminares: puerto y estación de tren. Ambos personajes masculinos son apartados de sus mujeres por el celo de los policías fronterizos, azacaneados y molestos por el asesinato de los dos italianos (europeos) muertos en el atentado de Kosovo.

Sendos detalles nimios que los relacionan con Kosovo son la excusa para ser retenidos.

Acertadamente, el director mantiene su tono dialéctico durante el encierro preventivo.

En el cuarto donde es internado el albanés, en un puerto italiano, después de que unos negros le dan un cigarrillo, un compatriota suyo le hace el siguiente comentario: “Estos italianos son unos racistas. Nos tienen manía. Mira que encerrarnos con estos negros”.

El serbio, durante su confinamiento, es instado por un gitano a que deje de armar ruido para que lo saquen de allí: “Los serbios nos habéis tratado muy mal. Por eso mi familia y yo hemos de pedir asilo político aquí”.

Previamente, nada más pisar tierra italiana, la desorientada novia albanesa es atracada por un compatriota despiadado, junto con su mujer italiana, robándole todo el dinero e insultándola.

La secuencia final nos muestra el perfil oblicuo del joven serbio mientras contempla pasar, a través de los barrotes de la ventana, un tren de mercancías, para el cual no existen ningún tipo de fronteras. (Tesis explicitada; aún mejor: síntesis).

HoneymoonsA pesar de la demora y el regodeo en el apartado descriptivo, que retrasa y lastra la narración, el director parece consciente de su propio defecto: esos primeros planos inexpresivos de los personajes, reflejo de su pesadumbre, de su pasmo, de su incomprensión o desorientación vital; así como de los largos planos secuencias generales y sus travellings de seguimiento pegados a los personajes, para incidir sobre (y subrayar) la simetría de los opuestos enemigos. A medida que transcurre la historia aligera estos planos enfáticos, lo cual le hace ganar en agilidad y sutilidad, dando cabida a cierta ironía que cumple óptimamente la faceta crítica y de denuncia que subyace en todo el filme.

Teniendo en cuenta el cúmulo de elementos que nutren su guión (el amor a lo Romeo y Julieta, con la oposición paternal; la disolución familiar pareja a la desintegración política; el racismo y el nacionalismo, el avispero balcánico), el resultado no desmerece su abigarramiento formal y temático; la contención y el esfuerzo dialéctico compensan cierto énfasis discursivo: se agradece que rehúya el discurso más trillado sobre la inmigración, o que muestre una perspectiva más amplia. Aunque en el fondo sigue latiendo un discurso crítico contra la muralla europea.

¿Para cuándo una película que adopte la posición política menos políticamente correcta, valga la redundancia, sobre el tema de la inmigración?

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