lunes, 3 de mayo de 2010

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Crítica de Iron Man 2

De cómo malograr una saga 1 2 3 4 5
Escribe Ángel Vallejo

Cartel de Iron man 2

A todo el mundo pareció sorprender el derroche de ingenio del más que irregular Jon Favreau con la primera entrega de Iron Man, un producto comercial pero lo suficientemente serio como para, por un lado no defraudar a los seguidores de papel de la Marvel y por el otro, atrapar a un público que se debatía entre las veleidades metafísicas de las últimas entregas de Batman o Watchmen y la venalidad de Lobezno, Spiderman o Hulk, por citar sólo a tres de los más recientes fiascos del consolidado fenómeno cinematográfico de los superhéroes del cómic.

Iron man 2En efecto, Iron Man fue un soplo de aire fresco: divertida, bien interpretada, con una no desdeñable dosis de crítica y sin pretensiones oscurantistas. Cuanto de ello pudiera atribuirse a su director es algo que debiera dirimirse en la segunda entrega, puesto que aquella flor de un día quizá fuera más responsabilidad de un nutrido grupo de guionistas que del buen hacer de un realizador hasta el momento incapaz de presentar una obra loable.

En esta ocasión, la responsabilidad de llevar la historia adelante recayó sobre un solo guionista (Justin Theroux, coautor del guión de Tropic thunder), así que solo ante el peligro, apenas parapetado tras la magnética y atractiva presencia de Robert Downey jr, Favreau debía demostrar su capacidad para continuar con una saga prometedora.

El resultado, para nuestra decepción, es que la película apenas se mantuvo en pie durante quince minutos: lo que tardaron en aparecer las absurdas escenas del supervillano Ivan Vanko/ Whiplash (Mickey Rourke) que trabajaba solo en un cuartucho de mala muerte para crear alta tecnología capaz de derrotar ejércitos.


Son cosas que ya hemos visto mil veces, con una estética feísta recurrente, manida, previsible. Algo que choca y mucho con el comienzo apabullante del filme, que logra una de sus más altas cotas cuando Tony Stark hace frente a la comisión del congreso que lo conmina a entregar los secretos de su armadura. Pero es que la película sólo repunta (y no siempre) cuando Downey aparece en pantalla. Parece mentira que fuera él quien recomendase contratar a un guionista que apenas le brinda ocasión de lucirse, y que por lo demás, deja multitud de hilos sueltos que convierten la historia en un trapo muy colorido, pero que amenaza con deshacerse al segundo estirón.

Y es que lo que ha cambiado respecto a la primera entrega, aparte de los guionistas, es que en aquélla nos encontramos con un villano encarnado nada menos que por Jeff Bridges. Aquí, entre el histriónico y sobrevalorado Sam Rockwell y el muy desaprovechado Mickey Rourke apenas llegan a la suela del zapato del magnífico predecesor.

Iron man 2

Rockwell reinterpreta, no se sabe bien si por indicación de director o guionista o por su natural modo de sobreactuar, a un Justin Hammer muy alejado del prototipo del cómic: lo que sobre el papel es un genial administrador aquí es un papanatas con delirios de grandeza y nula capacidad tecnológica. Su aportación resulta tanto más ridícula cuando nos enteramos de que Hammer iba en un principio a ser interpretado por Al Pacino. No sé quien sería el genio que propuso igualar la edad de Robert Downey con su enemigo para no contratar a un anciano de setenta años, pero de seguro que no ha leído suficientes cómics como para saber que la presencia y la personalidad de un villano son directamente proporcionales a su éxito, y en ese sentido, Rockwell resbala sobre sus propias piruetas.

En el otro extremo, algo más digno, Rourke. Es cierto que apenas esboza dos frases, pero le sobra clase para decirlo todo con la mirada. Lo lamentable es que no se le da tiempo para nada más que pasear su desaseada humanidad por el plató.

En el lado de los aliados, quizá haya sido buena idea sustituir a Terrence Howard por Don Cheaddle, pero no crean que debe computarse en el haber del director: fue cosa de que la estrellita pedía más pasta. Con respecto a Scarlett Johansson, decir que yo me sentiría ofendida por representar poco más que un florero con cinturón negro, y Samuel L. Jackson apenas aparece más tiempo que en la escena sorpresa de la primera entrega (por cierto, que en esta también hay sorpresa post-créditos).

Iron man 2

Por último, dejando a un lado los entresijos de reparto, rodaje y producción para centrarnos en el meollo de la película, hemos de decir que salvo los quince primeros minutos mencionados, Iron man ha perdido su encanto, su mordiente: toda la crítica que atesoraba la primera parte se ha desvanecido. Aquí sólo se vilipendia a las armas porque no funcionan bien, no porque sean algo intrínsecamente dañino. En el aspecto sociológico, apenas hay un bofetón a la clase política en la cara del senador Stern.

Y en lo que respecta a la acción, sustento de toda película de superhéroes que se precie, ¿qué decir? Pues que resulta insustancial, artificiosa e impostada: ni siquiera el enfrentamiento final se demora lo suficiente como para mantener cierta tensión.

Quizá los ocasionales destellos de humor son lo único que mantiene en pie una película que no ha sabido reponerse de su inicial éxito. Eso, y la ya mencionada presencia de Robert Downey.

Por lo demás, un producto olvidable que consigue el doble e indeseado efecto de decepcionar a todos aquellos puristas del papel que habían podido convencerse con la primera entrega y defraudar a todos aquellos que habían visto en la saga una tercera vía entre la mediocridad de las últimas entregas de Spiderman o X-men y la sobrecarga argumental y moral (aunque loable) de Batman o Wachtmen.
Las expectativas son frustrantes: Favreau parece dispuesto a perpetrar una tercera parte: esperemos que el descalabro de esta entrega sea lo suficientemente serio como para desistir del acompañamiento del actual guionista, e incluso si me apuran del director, pero no tanto como para meter en el armario la armadura de titanio. Estoy seguro de que el personaje de Tony Stark puede depararnos todavía muy gratos momentos, máxime cuando la materia argumental abunda en las obras de Stan Lee.


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