martes, 11 de mayo de 2010

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Crítica de Madre amadísima


Los reflejos de la laguna 1 2 3 4 5
Escribe Carlos Losada


Madre amadísima
Siempre es difícil contar una historia – y más en imágenes- que proponiendo una época determinada, enlace con quienes la vivieron sin faltar a la verdad de las circunstancias que determinaron sus pensamientos, actos e intenciones. Quiero creer que esta apreciación marcó el hacer de la obra teatral de Santiago Escalante, que luego él mismo, a sugerencia de Pilar Távora, adaptó para el cine, y que ahora se ha estrenado, después de su paso en 2009 por el Festival de Sevilla, fuera de concurso, y que, según las crónicas, el público lloró y rió en los momentos pertinentes.

Madre amadísimaAl trasladarla a imágenes, Távora contó con actores nuevos, aparte de incorporar a quien la interpreta en teatro, Ramón Rivero. El desdoblamiento de los personajes en jóvenes y maduros, llevó a un casting difícil y necesario para ser creíbles en la pantalla. Y aquí comienzan las dificultades, pues mientras que Alfredito, cuando joven, que incorpora con acierto José Burgos, nos lo creemos en el contexto de los setenta y ochenta –el personaje nace en 1952-, e incluso nos hace llegar sus angustias y soledades, ya de mayor, con 56 años, estamos en 2008, nos parece resabiado, contagiado por las tablas del teatro, que Rivero no pudo no supo evitar, y que Pilar Távora no supo o no quiso controlar, nos lo hace de un amaneramiento tan andaluz –según Escalante y Távora-, al par que roza el ridículo, cosa que en 2008 parece no ya inadecuado, sino fuera de lugar; aunque aún existan hoy día personajes como Alfredito en su madurez.

Alfredito, en 2008, cuenta sus cuitas y sinsabores a la virgen que viste en un pueblo de Sevilla, virgen creada expresamente para la ocasión, con lo que la película está llena de saltos en el tiempo, desordenados, con acierto, porque así pasa en nuestra mente, y nos hace desfilar su infancia, adolescencia y madurez. Lo más acertado, diría que la parte más interesante del film, se relaciona con su adolescencia, con el fondo de esa laguna donde despertó al sexo y al amor –con su amigo-amante Javi, muy bien incorporado por David Lora; que terminará por dejar de verle, y casarse-, y donde invariablemente se reflejan sus sinsabores, porque tanto por la época, como por la sociedad, no podía tener un amor correspondido para madurar y hacerse adulto.

Visto así, en resumen simple, claro que es creíble y real. Por eso, no concuerda bien esa infancia con un padre maltratador de una madre frágil y amante –muy bien Gala Évora, en Rosario de joven-, y el niño refugiado en Rosario, meándose en la cama y con la ferocidad del padre a cada paso, y el miedo a las tormentas, conseguido. Parece que nos indican que Alfredito salió homosexual por el maltrato a Rosario, lo cual no deja de ser un desatino y una ridícula idea ante los hechos de la naturaleza; que se lo pregunten a los cromosomas y tendrán la respuesta adecuada. Tal vez no fuera ésta la intención de Escalante, pero en la película, tal y como está narrado, lo sugiere.

Madre amadísimaEn la segunda parte del film, hay una secuencia que merece señalarse. Cuando Alfredito, bastante borracho, se encuentra en la calle del pueblo con el hijo del que fuera su primer amor, Javi. El encuentro está bien trazado, y aquí sí nos creemos a Ramón Rivero, sobre todo cuando llegan a casa y ambos, de alguna manera, se dan a conocer. En este momento vuelven los reflejos de la laguna, y nos creemos el dolor de la soledad que todo amor lleva consigo, porque ninguno es para siempre, salvo en la compañía que el transcurrir del tiempo pueda proporcionarnos, y al que tantos se adaptan para navegar mejor por la vida.

Es cierto que la crítica, casi siempre suave y hasta diría que no hiriente, a la sociedad de aquellos años, sobre todo a la iglesia y al ejército, hace alusión al sarcasmo hacia los homosexuales, cuando no a la mofa y al pitorreo, por parte del estamento militar –a día de hoy casi sigue ocurriendo-, y a la sensación de culpa que deseaban que tuvieran esos “mariquitas”, por parte de unos sacerdotes tan ignorantes como retrógrados, sin olvidar su condición de manoseadores de la infancia y la juventud que se ha dado y se da en todo tiempo y lugar. Aquí Pilar Távora debió de ser más contundente -¿o no lo deseaba el autor del texto?-, iniciando de paso la crítica a una sociedad, la de entonces, y en parte la de ahora, tan hipócrita como mal intencionada, decidida a tratar con escarnio a quien se saliese de sus normas de afectos y buenas costumbres; sin embargo, esas mismas gentes les reían las gracias, como viene siendo aún hoy habitual, en menor medida.

Valoramos las buenas intenciones de Pilar Távora, y algunos momentos del guión de Santiago Escalante; pero echamos a faltar la necesaria y útil comprensión de unas personas que ningún mal hacían, ni hacen, a la sociedad. Si tenemos que quedarnos con los reflejos de la laguna, y el poso del paso del tiempo en nuestras vidas, Madre amadísima resulta insuficiente. Aunque pretenda ser una compensación a los “mariquitas” de pueblo, en los resabiados, desdichados e hirientes años del franquismo, no se manifiesta como tal, al margen de algunas secuencias de la mili y los personajes de La Titanlux y La Girasol.

Madre amadísima
El título de Madre amadísima, alude, sobre todo en los pueblos andaluces, a la pasión por la propia madre, en este caso justificada y comprensible, y por esa virgen a la que Alfredito viste y habla sin temor. En fin, esperemos que el público acuda a verla, porque en cierta medida es un antídoto para que cese el desprecio hacia nuestros semejantes.


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