miércoles, 4 de agosto de 2010

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Crítica El circo de los extraños

Típica crítica antitópica  1  2  3  4 5
Escribe Ángel Vallejo


El circo de los extraños

En unos tiempos en los que el cine de vampiros ha pasado de género menor a sobreexplotado fenómeno de masas, encontrarse con una película que pretende desmontar tópicos sobre el vampirismo ya no es novedad en absoluto: el fenómeno lo inició Coppola con su discutible versión del clásico Drácula, de Bram Stoker (1992), donde se aseguraba que los vampiros podían salir de día sin ser calcinados por el sol, apenas perdiendo parte de su poder. Las sagas Blade (1998-2004), Underworld (2003-2009) y por último Crepúsculo (2008-2011), se encargaron de añadir correcciones a la lista de tópicos asumidos, algunas tan peregrinas como la piel diamantina de los chupasangres, erigiéndose así en epítomes de la autenticidad vampírica y únicos depositarios de los verdaderos secretos de la fabulosa estirpe. No obstante la lista de novedades sobre los oscuros sujetos, la verdad es que poco o ningún interés mostraba cada una de las sagas antes mencionadas, y cuando una película de vampiros lograba sobrecoger, lo hacía volviendo a los más reconocibles parámetros de la nocturnidad, sed de sangre y fotofobia que adornaban pequeñas joyas como Déjame entrar, una película sobre vampiros pre-adolescentes mucho más madura que todas las antes mencionadas juntas.

El circo de los extraños

Así, pues, poco puede sorprendernos algo como El circo de los extraños, una suerte de híbrido digital y descafeinado entre La parada de los monstruos (1932), Noche de miedo (1985) y Harry Potter, y que no parece tener más pretensiones que las de recaudar en el río revuelto de las hormonas adolescentes sobreexcitadas de sensualismo vampírico, magia potagia y superheroísmo salvífico. La realidad es que nos hallamos ante todo un cliché sólo medianamente entretenido: película seminal de una presunta saga basada en los libros del prolífico Darren Shan, quien escribe de forma (supuestamente) autobiográfica y que amenaza con extenderse mientras el éxito recaudatorio lo justifique; como en todas y cada una de ellas, se comienza con el profuso desarrollo previo de unos personajes (más por extensión de metraje que por profundidad de análisis) que luego manifestarán sus antagonismos o sus fidelidades a lo largo de la saga: dos amigos que acaban enemistándose, una relación paterno-filial disfrazada de instrucción maestro-aprendiz, un amor incipiente y otro consolidado, y un sinfín de consejos morales políticamente correctos que sitúan a la película en las antípodas de la obra de Tod Browning.

En cuanto al apartado fílmico en sí mismo, la aparente calidad técnica y la (ya no tan) novedosa estética se trocan en retortijón cinematográfico cuando vemos que no se respetan los más mínimos cánones de desarrollo del guión: saltos y discontinuidades injustificadas, explicaciones burdas y apresuradas y un clímax interrumpido y previsible. La historia no logra sobreponerse a tales tropiezos a pesar de contar con algunos aciertos, acabados de desdibujar en el evidente maniqueísmo que no da lugar a equívocos: por muy raros que sean los vampiros, son los buenos porque se enfrentan a los vampiranos: aquéllos matan humanos y estos no. Chúpate esa.

El circo de los extraños

Poco más que añadir: hay rostros conocidos como Salma Hayek o Willem Dafoe que cumplen con un papel que no se prolonga más allá de dos o tres minutos. Pocas escenas memorables por las que deambulan aún menos personajes notables. Un entretenimiento ligero, que podría contar con algo más de crédito si se hubiera respetado más a sí mismo: bastaba con ser más cuidadoso, menos apresurado en la elaboración del producto, algo que como mínimo debe exigirse a una industria que corre el riesgo de ser devorada por elementos de ocio más inmediatos.

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