martes, 12 de abril de 2011

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Adiós a Sidney Lumet



Poseyó la condición afortunada de haber hecho del oficio la más fiel herramienta de viaje en una lúcida travesía por su tiempo. Un tiempo de cine. Los obituarios lo han reconocido y han despedido a Sidney Lumet con el dolor de ver otra capa de cemento sobre una época que hemos visto y que perece con los últimos clásicos.
La virtud que siempre brilló en Lumet fue la audacia. Una conciencia viva y lúcida que lo convirtió en un joven director de buen juicio y ambición y lo acompañó hasta que fue un anciano que hacía buen cine Su obra empezó en 1957 y terminó en 2007, los 50 años que separan Doce hombres sin piedad de Antes de que el diablo sepa que has muerto. El The End le ha llegado en Nueva York a los 86 años tras una enfermedad que atacó sus órganos pero no sus ideas ni su mirada sobre el mundo.
En su más de medio siglo de carrera invirtió todas sus aptitudes en mejorar el espectáculo de su tiempo. Tocó tantas cuerdas como la industria permitía: cine, teatro y televisión. Fue buen hijo de su tiempo pero también un difidente contemporáneo. Adoró a Shakespeare pero contestó el Actor’s Studio, enrolándose en el Off Broadway. Veneró a los clásicos, pero construyó algunas de las más grandes dramaturgias sociales del cine de los 70, de afilado contacto con lo real. Ahí quedan títulos como Tarde de perros o Serpicó, entre una larga lista de hitos contra la corrupción y la hipocresía social. Creía en la industria, pero no en el nepotismo de su sistema. Probablemente creyera más en Stanislavski que en el modo en que Kazan o Strasberg querían utilizarlo para operar la metamorfosis de las estrellas cuando el clasicismo caducó.
Dicen que su verdadera pasión, al menos la primera que tuvo, fue el teatro. Lumet fue actor antes que director. Concretamente un precoz debutante de 4 años, hijo de actor y bailarina. Admiró las tablas antes de marcarlas con posiciones de cámara. Quizás por eso su prestigio sin megalomanías destilaba esa elegancia europea que poseyeron los fundadores de los géneros, los primeros clásicos emigrados de las llamas de la Segunda Guerra hacia los sagrados bosques del Hollywood de Griffith y de la United Artists.  Éste Hollywood era más como el de Lumet que el de las Majors y el star system.  
Antes de convertirse en cineasta, vivió su primera juventud en el mundo e la farándula, y llegó a sustituir a Marlon Brando en un escenario a su regreso de la Segunda Guerra, donde también cumplió como buen americano. Ampliando vocación, se inició en el incipiente mundo televisivo y fue director en la CBS, donde realizó series y un buen número de obras de teatro en directo. Ésta incursión en el medio todavía experimental durante la década de los 50 le hizo valer el apellido de una generación concreta de realizadores
El cine llegó a finales de los 50 con una ópera prima desafiante y fresca como Doce hombres sin piedad, con la que ganó el oso de oro en Berlín’ 57. A lo largo de los 60 sortearía fracasos de taquilla con adaptaciones de los grandes dramaturgos. Fue poco aclamado adaptando a Williams (Piel de serpiente, 1959), Chéjov (La gaviota, 1968), Miller (Panorama desde el puente, 1961), o O’Neill, pero cuidó cada una de sus piezas y brilló dirigiendo a actores de todas las nacionalidades: Richard Burton, Marlon Brando, Raf Vallone, Anna Magnani, Simone Signoret, Sean Connery, Henry Fonda o Katherine Hepburn .
Mimaba sus películas, creía en sus personajes, se esforzaba por hacerlos merecedores de conflictos humanos y reales. Usó las luces y las sombras de su tiempo para moldear un mundo de ficción atravesado por un firme testamento clásico, vivo, propio, y ubicado la mayoría de las veces en un Manhattan amado y bastardo, sobre el que la noche caía. Celebró la imperfección humana con piedad, pero juzgó sin miedo la hipocresía de América como sociedad ejemplar. Punzó llagas y tabúes. Corrupción policial y pena de muerte conviven en su filmografía con la guerra de Vietnam, la Guerra Fría, la caza de brujas y el luto silencioso por mártires de América como Martin Luther King. Sobre éste último, co-dirigió un documental junto JL Manckiewicz  (King: A Filmed Record... Montgomery to Memphis, 1970) que sólo por lo que prometía se tendría que haber llevado el Oscar por el que lo nominaron.  Pero la Academia no suele amar demasiado las reputaciones disidentes, y la de Lumet lo fue.
Uno de los grandes pero también un medio proscrito que se ha marchado sin el halo de inmortalidad de una estrella como Liz Taylor, y sólo con la estatuilla de consolación: la honorífica. Fue en 2005 cuando Hollywood hizo gala de ésa generosidad que en ocasiones como ésta tuvo un retrogusto de mea culpa. La Academia le definió como alguien que había prestado “brillantes servicios al arte de la cinematografía en general”. A Lumet se le reconoció, más que su obra, su presencia.  El surco dejado en su época.
Empiecen a pensar por qué le recordaremos. Quizá por lo que han dicho otros antes que nosotros: porque era uno de los grandes. O porque simplemente, en todas sus películas, incluso en las menos logradas, se nota que amó el cine.  

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