miércoles, 9 de noviembre de 2011

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Malick & Trier: un díptico sobre el sentido de la vida

La 64 edición del Festival de Cannes, la correspondiente a este año 2011, reunió en su Sección Oficial dos películas difícilmente catalogables en el actual panorama cinematográfico: El árbol de la vida de Terrence Malick, que finalmente se alzaría con la Palma de Oro, y Melancolía de Lars Von Trier, que ocultó parte de su fulgor tras las equivocas declaraciones del director danés vertidas en la rueda del prensa del festival.


Dos autores inclasificables que cuentan con un universo temático propio y que en estas obras convergen en algún punto para intentar explicar el sentido de la vida. Una, la de Malick, más optimista y presidida bajo la idea de la existencia de Dios o, al menos, la creencia en cierta religiosidad; la otra, del director danés, mucho más pesimista y donde no encontramos la presencia divina. En El árbol de la vida, Malick nos muestra la evolución de la naturaleza que unida a esa existencia de Dios proporciona una existencia, que aunque no está exenta de dolor, puede ser positiva. En Melancolía, Lars Von Trier, estrecha el cerco sobre las posibilidades del ser humano y llega a calificar la Tierra de malvada.


Ambas películas son dos ejercicios estilísticos de gran belleza. Pudiera parecer que este aspecto tiene un mayor peso en El árbol de la vida, pero Melancolía, con ese prólogo rodado con cámara superlenta o algunas imágenes de la segunda parte, tienen la capacidad de sorprender por su tratamiento formal.

Dos grandes trabajos que, sin pretenderlo, forman un díptico sobre el sentido de la vida, que plantean una reflexión sobre lo efímero de la existencia humana y que pueden formar parte de ese tipo de cine que de vez en cuando produce obras como 2001, una odisea del espacio de Kubrick o Sacrificio de Tarkovski.
 
 
Crítica de Melancolía

2 comentarios:

  1. Dos buenas películas. Bueno, la de Malick va más allá: trascendente y esencial.

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    1. Discutible. Es una opinión. Otra: la de Malick moralista, egocentrica, pedante, ampulosa; la de Triers sólida, reflexiva, axfisiante, madura. Ambas hablando sobre temas no tan distantes.

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