sábado, 16 de enero de 2010

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Un comentario sobre La cinta blanca de Michael Haneke

La cinta blanca
Escribe Ángel Vallejo

Cartel La cinta blanca
Michael Haneke viste su última película con una estupenda fotografía en blanco y negro, colores de la bandera prusiana y atuendo de los pastores luteranos que moralizaron aquella prebélica sociedad de principios del siglo XX. Consigue transmitir con ello la extremada pulcritud y la desolada sobriedad de ese tiempo, del que se cuenta no sin razón que fue germen del nacionalsocialismo alemán.

Estricto, apenas se permite adornar musicalmente su obra (carece de banda sonora como tal), aún cuando las melodías solitarias abundan y la búsqueda de la armonía es uno de los hilos metafóricos más trabajados del filme: “Atento a las variaciones”, sugiere la baronesa cuando toca el piano y solicita el acompañamiento de flauta al tutor de su hijo. Intentará conjugar una polifonía, ese conjunto de sonidos simultáneos en que cada uno expresa su propia idea musical para formar un todo armónico, sin lograrlo. La película no cesa de ilustrar la incapacidad musical de los habitantes del pueblo, toda vez que no acabemos de comprender hasta qué punto son malos intérpretes si sólo reparamos en su ejecución instrumental: su atonía se halla oculta en otros lugares.

Atentos hemos de estar pues, a las variaciones, a las individualidades torcidas que componen el mosaico de esa pequeña localidad del norte de Alemania, pues ellas constituyen el centro del filme.

Esas individualidades, sometidas a la disciplina, el silencio, la obediencia y el castigo en aras de la perfección del alma puritana, apenas consiguen aunar la estridencia en forma de secretas venganzas, actos de agresividad desmedida contra los demás y aún contra sí mismos. Sólo al final consiguen la tan buscada armonía en el coro religioso del pueblo, aunque sostenida en los acordes de la ocultación y el pacto de silencio que luego contribuyeron a magnificar los horrendos crímenes del nazismo.

La cinta blancaAsí pues, Haneke compone una obra como casi siempre sutil, pero desgarradora, de una intensa violencia emocional que provoca desazón, a la vez que despierta entusiasmo. Conjuga la ternura y la crueldad extrema en una película coral donde no abundan los personajes amables, dado que incluso éstos acaban por desaparecer, exiliándose o mirando hacia otro lado para no perturbar la tensa convivencia con exigencias de responsabilidad inasumibles. Pero aún teniendo en cuenta su temática, quizá lo último que pretende es dar lecciones sobre profundidad y pureza; sabe bien que esa es la actitud de los pastores de almas, de los salvadores de patrias, de los verdugos de la inocencia.

La película pone así uno de sus principales acentos sobre la educación de los niños, los más desamparados habitantes del pueblo cuya personalidad acaba por cincelarse a base de golpes. Aquella inocencia se pierde en la estricta obediencia y en la asunción de que sólo mediante el castigo se alcanza la consabida pureza. Desde muy pequeños se les instruye en el amor a la libertad, pero se muestra cómo esa no es más que una retórica grandilocuente cuando observamos el microrrelato de los pájaros enjaulados: el padre autoritario que exige la libertad del pajarillo herido a su hijo si el animal se recupera es el mismo que encerrará el ave cuando el niño en un acto de amor se la regale. Si sustituyéramos el pajarillo por el pueblo alemán, obtendríamos una nueva variación de los sentidos de la película.

La cinta blanca

Atendiendo a esa y otras metáforas que se nos escapan pero que sin duda existen, reparamos en que, como siempre Haneke muestra sin explicar, sugiere sin concretar, y plantea sin resolver en un ejercicio de confianza en la inteligencia del espectador que debe agradecerse sin adular, pero que sería injusto no reconocer: La cinta blanca es una película sobresaliente y muy recomendable en un tiempo en que otros perfeccionan la técnica pero descuidan el fondo. La perplejidad y el silencio del público cuando aparecen los títulos de crédito es la demostración de que cabe digerir lo que se ha visto con paciencia y prudencia. El poso que deja pasados los días da una idea de su grandeza.

La cinta blanca

Michael Haneke en Encadenados:
Maldad e ignorancia por Marcial Moreno
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